LIBRO INÉDITO DE LAUREANO GUITIÁN RUBINOS SOBRE EL CARLISMO: “O CARLISTAS O NO CATÓLICOS”


“O CARLISTAS O NO CATÓLICOS”, firmado con el seudónimo “Un Sacristán de aldea”, en 1871. Es un libro inédito de Laureano Guitián Rubinos

Laureano Guitián Rubinos

Laureano Guitián Rubinos/M.M.G.

“O carlistas o no católicos” es un profundo y documentado trabajo en prosa, escrito por LAUREANO GUITIÁN RUBINOS, que lo firma con el seudónimo de “Un sacristán de aldea”, fechado en 1871; además de sacerdote y párroco de Donramiro (Lalín), fue un distinguido escritor, que figura entre los narradores ocasionales gallegos del siglo XIX; escribió sobre diversos temas y  entre sus escritos destaca un precioso cuaderno de costumbres del país gallego, escrito en prosa y en gallego, titulado: “Unha noite na casa do tío Farruco do Penedo” y otros trabajos con los que ganó algún premio literario.

“O carlistas o no católicos” es el título de un libro, que no llegó a publicarse quedando en el anonimato quizá por miedo a represalias en un momento en que los curas carlistas, eran perseguidos. D. Mariano Martín García familiar del Sr. Guitián, es el poseedor de una copia de dicho trabajo manuscrito, que muy amablemente me facilitó para trascribirlo y darlo a  conocer a través de este medio, lo cual agradezco profundamente.

El libro, como indica el titulo, versa sobre el Carlismo, movimiento sociopolítico que durante la mayor parte del siglo XIX, originó una continua y sangrienta Guerra Civil, que se extendió por todo el territorio peninsular. El origen fue, como muy bien explica el Sr. Guitián,  el conflicto sucesorio desatado tras la muerte de Fernando VII, entre los partidarios de su hija Isabel, heredera según la Pragmática Sanción que derogaba la Ley Sálica y los derechos al trono del hermano del monarca, Carlos María Isidro. En Galicia la columna vertebral del carlismo fue el clero en todas las guerras carlistas. En el carlismo gallego tuvo siempre un predominio muy marcado  lo que se ha llamado carlismo de retaguardia, representado por el clero y la hidalguía. Esto, fue normal, si tenemos en cuenta que fue el clero y la hidalguía quienes llevaron el peso del mismo. La Iglesia gallega fue cordialmente carlista desde 1833. El corazón de la jerarquía católica en estas contiendas estuvo siempre con el carlismo.

Es un estudio razonado de matiz pedagógico, escrito para  probar que ninguno de los partidos que se disputan el poder a mediados del siglo XIX en España, es católico, porque atacan a la Iglesia; ni los republicanos, ni los demócratas, ni los unionistas, ni los moderados pueden ser católicos y en general ningún liberal puede ser católico  y el que los sigue deja de ser católico, exceptuando el partido carlista ya que es el único que defiende la doctrina católica, romana y apostólica.

 “O CARLISTAS O NO CATÓLICOS”, Por Un sacristán de aldea, 1871

O CARLISTAS O NO CATÓLICOS

Al leer el epígrafe cuyas palabras sirven de lema o titulo a este folleto, cualquiera creerá a simple vista, ver en esto una exageración. No hallará medio para que los dos términos de esta disyuntiva puedan ser contradictorios.

Carlistas o no católicos ¿Pues qué, dirá alguno, yo que soy liberal no puedo ser católico? ¿Yo que he dado amplitud a la enseñanza de los Seminarios, dirá un moderado, cortándoles esa barrera que impedía a sus alumnos el ingreso en las carreras civiles, yo que he puesto la instrucción primaria bajo la protección del clero, yo no soy católico? ¿Yo que asisto con cirio a las procesiones, yo no soy católico? ¿Yo que deseo la libertad de la Iglesia hasta emanciparla del Estado, exclamará un republicano, yo no soy católico?

Tales son las preguntas que a cada uno se le ocurran y que repentinamente resolverá en su imaginación.

A todos juntos, pues, a cada uno en particular, yo os contesto franca y rotundamente. No. Yo, que soy un pobre Sacristán, como vosotros nos llamáis, que no tengo más que la caldera de los exorcismos, como nos decís, ni mas trabuco que el que yo llamo breviario; yo, digo claramente y a la luz del mediodía que no sois católicos.

Veré si con algunos disparos de mi trabuco, algunos hisopazos de mi caldera puedo demostrarlo.

Antes, pero, que entre en discusión debo hacer algunas advertencias.

En primer lugar, entiendo por católico para el objeto de que voy a ocuparme el que creé y confiesa todo cuanto manda creer y confesar nuestra Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica, Romana, obedeciendo sumiso todas sus disposiciones.

En segundo lugar, creo y supongo, de buen grado que una gran parte de los que se hallan en los diferentes partidos políticos, que yo llamo anticatólicos, están de buena fe, y por consiguiente prontos, si ven que se separan de la doctrina católica, a abandonar aquel partido y a dejar aquellas ideas por aquellas y aquel en que esa doctrina se conserve pura y en todo su esplendor.

Hechas estas observaciones, entro de lleno en materia.

Las calamidades y vicisitudes políticas porque ha pasado nuestra España en los últimos treinta y ocho años, hicieron dividir a esta en varias agrupaciones o partidos; antes de cuya época no eran conocidos más que el de realistas y no realistas o liberales para llamar a estos por su nombre genérico, nombre en mala hora implantado en la bandera de la rebelión por el proto-revolucionario D. Rafael del Riego.

Viene la muerte de Fernando VII  y al partido realista sustituye el carlista, quedándose la hija primogénita de aquel Rey en brazos del partido liberal que tanto había odiado su augusto padre, y que por ultimo dio con ella en sierva.

El partido carlista consecuente siempre y fiel a sus tradiciones permaneció inalterable desde entonces hasta ahora sin cambiar un ápice de sus principios, ni mudar un día su nombre. Prueba inequívoca de la figura y solidez de aquellos, así como de la constancia y afecto hacia este. Y eso que vio descender al sepulcro uno tras otro a los ilustres jefes en quienes estaba representado, que vivió desde entonces envuelto en el olvido, comiendo el negro pan de la emigración.

Empero el partido liberal no así. Dueño del poder y asegurado su triunfo, merced a la venta de un traidor, no pensaron sus prohombres más que en disputarse el mando unos a otros. Llenos de soberbia y ciegos de ambición no perdonaron medio alguno para conseguirlo, valiéndose del soborno y del fraude. De ahí los pronunciamientos y sublevaciones militares, tan repetidos, cuyo objeto no era otro que el de – quítate tú para ponerme yo – . Y de ahí esa multitud de divisiones y subdivisiones y de nombres en el partido, que inventaban sus primogenitores para cohonestar en cierta manera su rebelión. Primero en progresistas y moderados o moros fronterizos, como dio el vulgo en llamarles. Los segundos en monárquicos o cimbrios y republicanos. Estos en unitarios y federales; y todos en conjunto en radicales y conservadores, según que avanzaban más o menos y daban más lasitud o menos ensanche a la tan decantada palabra libertad.

Dejando, a un lado las subdivisiones menos esenciales, me ocuparé con preferencia en el examen de los principales partidos que tan revuelta traen hoy a nuestra patria, tocando de paso a cada una de las fracciones que de ellos se derivaron.

Consideraré, pues, para el objeto que me propongo, dividida la España en cinco partidos, a saber: el republicano, el progresista, el unionista, el moderado y el carlista; demostrando que dadas las circunstancias de nuestra patria es necesario apoyar con todas nuestras fuerzas al último, si queremos evitar los males que hace tanto tiempo nos aquejan y que llegarán a ser peores si no tratamos de ponerles un dique, en una palabra, si queremos ser sinceramente católicos y que nuestra España recobre de nuevo el brillo y esplendor que ha perdido.

LOS REPUBLICANOS NO SON CATÓLICOS

Al sostener como tesis que los republicanos no son católicos no hablo yo aquí de la república como forma de Gobierno. Confieso, de buen grado, que si hubiese en los hombres aquella virtud suficiente para no abusar de la libertad, si la palabra igualdad se circunscribiese siempre a los limites de -ante la ley, si, por último, la de fraternidad, tercera del lema republicano, se entendiese siempre aquella fraternidad cristiana que debe reinar entre hermanos, auxiliándose mutuamente unos a otros y socorriéndose en sus necesidades, yo admitiría, digo, la república como forma de Gobierno y desde luego me haría republicano. Pero como los hombres dominados por sus pasiones están muy lejos de poseer estas virtudes, de ahí el que en teoría parezca muy bien la república como forma de Gobierno, pero imposible en la práctica para ciertos países. Y digo para ciertos países, porque no dejo de conocer que hay algunos como la República del Ecuador en que pueden y están aunados, con asombro de todo el mundo que los contempla en este tiempo de corrupción, la República y el Catolicismo.

Mis observaciones, pues, y la tesis que siento se concretan a solo España, a la España actual.

Yo en este supuesto digo – que con los hombres que figuran hoy al frente del partido republicano no puede formarse esa República Católica -. Es más, va cundiendo tanto el mal, que hoy día no ya en España, pero en ninguna parte de Europa, ni del mundo entero es esa la república que se intenta establecer, sino todo lo contrario.

Veamos sino respecto a España.

Que los republicanos no son católicos no es difícil denostarlo. Pruebas irrefutables tenemos de eso.

Ellos admiten toda clase de libertades.

Consideran y proclaman como útil que la religión católica no sea considerada como la única Religión del Estado y con exclusión de todos los demás cultos, y que por eso y con razón en algunos países católicos la ley ha provisto a que los extranjeros que a ellos vayan gocen allí del ejercicio publico de sus cultos particulares. Proposiciones ambas reprobadas y condenadas por la Iglesia (1).

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(1) Syllabus prop. 77 y 78

Y aun van más allá, llegando en esta materia a proclamar el indiferentismo religioso y a manifestar públicamente sus deseos de que en España, en la España católica, se borre toda noción de religión – que los españoles no profesen ninguna religión – ¡Horror causa siquiera el decirlo! Aun en los pueblos más salvajes, entre los caribes más feroces imposible será hallar uno solo que no tenga noción, que no profese alguna religión y a su modo no tribute culto a alguna deidad. ¡Y los españoles habíamos de vernos reducidos a ser de peor condición que estos miserables! ¡Habíamos de convertirnos en semi-brutos!

¿Os espanta esto, lectores míos? ¿Dudáis acaso, que esto proclamen los republicanos?

Pues abrid conmigo la historia.

Dejad la teoría de sus ideas y venid conmigo a presenciar la práctica, los hechos.

Los hechos, si, que hablan más claro que todo cuanto aquella pudiera decir.

No creáis que para convenceros voy a pediros que os remontéis a tiempos antiguos, ni que revolváis diferentes siglos de la historia. No, nada de eso. Vosotros mismos lo habéis presenciado.

Aun no habéis  podido olvidar esas protestas, esas funciones religiosas de desagravios que visteis celebrar hace dos años y a las que habéis asistido llenos de un santo temor para aplacar la Majestad divina públicamente injuriada por los hombres de ese partido.

Aun resuena en mis oídos la profesión de fe que con tal motivo habéis hecho todos públicamente.

Coged, si podéis, el Diario de Sesiones o cual quiera otro periódico que traiga el extracto de las celebradas en las Cortes Constituyentes del año pasado 1869.  Buscad la del 26 de Abril de dicho año, y allí veréis que siete diputados del partido republicano presentan una proposición pidiendo para los españoles el derecho y la libertad de profesar cualquiera religión o de no profesar ninguna.

Leed después, si podéis, si vuestros piadosos oídos no se resienten de tamañas blasfemias, leed, digo, lo que en su apoyo dijo en mal hora el desdichado diputado republicano D. Francisco Suñer y Capdevila.

Allí veréis, en pleno parlamento, ante los representantes de todas las provincias de la Nación española, negar la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, negar la pureza de su Santísima Madre la Virgen María, desechar la fe, el cielo, y a Dios como una cosa ya vieja, como una idea caduca, que es necesario sustituir por la idea nueva que es la ciencia, la tierra, el hombre.

Pregunto ahora ¿pueden los que esto afirman ser católicos?

Me diréis, acaso, que de un particular no se puede argüir a un universal, que porque un diputado republicano haya manifestado eso, no se sigue que todos los demás del partido piensen como él.

Tenéis razón en buena lógica no se puede argumentar así.

Pero, deteneos un momento. No cerréis todavía el diario de Sesiones, y preparaos a oír nuevas herejías. Leed y veréis.

En el mismo día y seno de la representación nacional, y aun bien no había concluido de hablar el ateo Suñer, se levanta impávido el Jefe de los republicanos unitarios Sr. García Ruiz y empieza atacando a la Iglesia Católica desde sus primeros siglos, llamándola intolerante, sanguinaria, cruel. Niega el misterio de la Santísima Trinidad, llamando a ese artículo de fe monserga. Y para probar esta herejía nos cita como una autoridad infalible el Corán de Mahoma.

“Pues que, pregunta muy ufano, el Dios de Israel y el Dios de los moros ¿no es nuestro Dios?”.

Y ¿qué hacen al oír esto los demás republicanos? ¿protestan? Todo menos eso.

Irritados porque el Presidente advierte al Sr Suñer que se circunscriba a la cuestión, se levantan y abandonan el salón, y viendo que ni su atrevido compañero, ni ellos, a pesar de pedir unos tras otros la palabra, pueden expresar claramente sus ideas, presentan una proposición de censura al Presidente de la cámara porque no los deja hablar.

Vuelvo a preguntar, segunda vez ¿pueden estos hombres ser católicos? ¿Pues no veis que ellos mismos están diciendo que no lo son? que son mucho menos que católicos, como dijo Suñer, que no han sido apostatas porque no han profesado nunca el catolicismo, como afirmaron Robera y Díaz Quintero. (1)

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(1) Sesión del 27 de Abril de 1869

¿No habéis visto posteriormente a este ultimo diputado afirmar en medio de la Representación Nacional (2) que “el catolicismo es la peste de la sociedad, la causa de la decadencia de las sociedades, como se ve comparando el estado prospero de las naciones que aceptaron la reforma con el degradante de las naciones en que impera el catolicismo, que es el que ha corrompido y embrutecido al pueblo español?”.  Estas fueron las palabras, estas las infamias y calumnias que ese republicano lanzó contra nuestra sacrosanta religión, sin que ninguno de sus compañeros se levantara a contradecirle, al contrario, todos dieron muestras de asentir a lo dicho. Y lo que es más, no solo los republicanos no se levantaron a protestar contra esas palabras impías, sino que no lo hizo tampoco ninguno de los partidos políticos que tenían representación en la Cámara. Solo el partido carlista por boca del Sr Ortiz de Zarate se levantó a protestar contra ellos. Ved ahí el catolicismo de esos hombres.

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(1) Sesión del 19 de Junio de 1871

Pero si todavía, lectores míos, no bastasen las razones que llevo expuestas para convenceros de la verdad que encierra la tesis que he sentado al principio de este capítulo, como que mi ánimo no es otro que el de ilustrar vuestro entendimiento todo cuando sea posible y hasta donde mi corto saber alcance, para apartaros de caer en el error, o traeros al buen camino si por desgracia os halláis fuera de él, aduciré todavía algunas pruebas más para que lleguéis a palpar, digámoslo así, lo que yo resueltamente afirmo.

En primer lugar voy a contestar a una objeción que quizá alguno podrá hacerme, aunque es tan fútil que por sí misma se deshace.

Podrá alguno suponer que aun cuando esos Diputados republicanos hicieron alarde de no ser católicos, no son de los que figuran en primera línea en ese partido y por lo tanto que no contarían con la aquiescencia de estos; que aquellos hablarían motu proprio.

Pues no hagáis caso de ellos. Buscad esos otros corifeos Castelar, Figueras, Pi y Margall y veréis si son lo mismo.

¿Los habéis visto, por ventura, protestar contra las blasfemias y herejías de sus compañeros? Nada de eso. Ni cuando se presentó la protesta por los carlistas la votaron, antes bien lo hicieron en contra, prueba inequívoca de que asentían y aprobaban esas impiedades.

Además de esto, el Sr. Figueras fue el primero que firmó y apoyó la proposición de censura al Presidente, de que atrás dejo hecho merito.

¿Y Pi Margall?

No contento con todo esto, con decir que tenemos derecho al error se ha  declararlo racionalista, ateo. Ha negado implícitamente la existencia de Dios, diciendo – “que este Ser es una creación de nuestra razón, y que sobre nuestra razón no existe nada”. De modo que, como le argüía muy bien el Sr. Díaz Caneja, diputado católico, según eso – “yo seré Dios, cada uno será Dios y sobre cada uno de nosotros no hay divinidad alguna” (1)

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(1) Sesión del 4 de Mayo de 1869

Por último, para juzgar del catolicismo de los republicanos no tenemos más que mirar a sus hechos cuando alguna vez llegan a constituirse en poder. Dígalo Vals, Jerez y tantas otras ciudades de España que fueron presa por algunos momentos de esas hordas de forajidos y en las que, durante esas insurrecciones republicanas, no se respetaba la propiedad, ni la vida, ni los Santos, ni Dios. Díganlo las desgraciadas familias que con tal motivo quedaron sumidas en la miseria. Díganlo los periódicos que en sus columnas abrieron suscripciones para socorrer a estos infelices.

Y si tendemos la vista fuera de nuestra patria, ¡Dios mío, qué horror!

Ahí está esa Babilonia moderna, esa ciudad inmensa con sus palacios, cuyas ruinas aun están calientes del fuego que ayer se apagó y que estuvo a punto de reducirla toda a un volcán.

Si, dígalo París, teatro de tantos desastres en estos últimos días. Díganlo esas inocentes víctimas cuyos cadáveres llenan sus calles; esos mártires sacrificados por la impiedad revolucionaria. Dígalo tanta riqueza y hermosura artística consumida por el petróleo. Dígalo en fin, esa Commune, verdaderos demonios del infierno que se pasean por la tierra, como los llamó Pío IX. Díganlo sus monstruosos decretos, cuya lectura es capaz de causar horror aun a esos que se llaman espíritus fuertes, a cualquiera que no sea o no quiera convertirse en irracional.

Aunque sienta herir los piadosos sentimientos de mis lectores, no puedo menos de copiar aquí literalmente una de esas horrendas erupciones de ese volcán infernal. Dice así.

La Commune; considerando que cuanto más se acerca el hombre a la bestia, más se acerca a las santas leyes de la naturaleza, madre augusta de todas las cosas más adelante en la vía de progreso y de la verdadera civilización, más asegura su felicidad material, objeto único de su destino y termino de sus deseos más legítimos; considerando que toda inspiración, impulso y excitación de la naturaleza son puros y buenos en sí; que la obra única del legislador que comprende su misión es consagrarlos, sin tomar en cuenta las reclamaciones y protestas de la razón, madre de errores y nodriza de preocupaciones; considerando que la promiscuidad es la ley general de todas las especies vivientes; que no se ve que los monos, nuestros indisputables antepasados, entre las compañeras a quienes dirigen sus tiernos obsequios hayan pensado jamás en ese exclusivismo absurdo que consiste en elegir y distinguir una sola para unirse a ella como la yedra al olmo; sino que en esa especie, donde, hay tantos buenos ejemplos que seguir, domina el capricho y los conjuntos gozan de una amplia y mutua libertad que aprovecha al acrecentamiento de su república; considerando además que esa libertad está en los fines de nuestra santa madre la naturaleza, contribuye al aumento de las familias y por consiguiente a la prosperidad general.

Considerando asimismo que es de un egoísmo verdaderamente insoportable y enteramente antidemocrático que un  hombre pretenda tener una mujer para sí solo; considerando, por último, que la distinción de los hijos en bastardo, naturales, legítimos, adulterinos, y lo mismo la distinción de mujeres en legitimas e ilegitimas, son distinciones vanas, arbitrarias, convencionales, indignas de un pueblo libre y fuerte y de una sociedad que no quiere tener en adelante otra guía ni otra regla que la Naturaleza, ni otros ejemplos que los animales, nuestros hermanos ante-nacidos.

Decreta:

Todo ciudadano y toda ciudadana podrán casarse libremente con quien quiera, desde la edad de 18 años para los ciudadanos mozos, y de 16 años para las ciudadanas mozas y reconocer todos los hijos que quieran de manera que no haya lugar a distinguir entre los hijos legítimos y los que no lo sean y que la familia pueda enriquecerse indefinidamente para la mayor prosperidad de la Commune y de la república. En cuanto a los hijos no reconocidos, como es preciso que sean hijos de alguien, la Commune los reconoce y los legitima, promete ser para ellos un padre vigilante y una buena madre de familia y espera que el título de hijo o hija de la Commune será un titulo envidiado y que en su seno no parecerá sobrado de oro a aquellos a quienes haya recogido”.

No hay comentario posible para tales monstruosidades, y como decía un periódico al transcribirlo a sus columnas, es la última palabra de la barbarie y del salvajismo.

Pero, acaso, se le ocurrirá preguntar a alguno, ¿los republicanos de España son lo mismo que los de la Commune?

Empeñado como estoy, en mostraros la verdad a todas luces me habéis de dispensar que os vuelva hacer ir al Congreso, lo mismo ahora que en el resto de las pruebas que aduzca en este escrito; porque a la verdad en el Congreso es en donde me gusta oír a los hombres políticos, hablan para toda España para todo el mundo. Lo que dicen allí no pueden negarlo, porque la taquigrafía, bello adelanto de nuestra época, se encarga de desmentirlos después.

Se presentó, pues, en una sesión del Congreso Español (1) la siguiente proposición: “El Congreso ha oído con satisfacción las enérgicas protestas del Gobierno contra los horribles atentados cometidos por la Commune de París y se asocia al sentimiento de indignación que despierta en todas las conciencias la conducta de aquellos criminales que han violado las leyes de la humanidad”

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(1) La del 30 de Mayo de 1871

Sin distinción de matices fue votada dicha proposición por todos los partidos políticos de la Cámara, excepto por los republicanos,  salvo algunas pequeñas excepciones, obteniendo 233 votos en pro, contra 25.

Hay más, enseguida de esto y en la misma sesión se levanta el diputado republicano Sr. García López y como para remachar más y más el clavo, permítaseme la expresión, dice que “la Commune defiende lo mismo que los republicanos federales y estos que aquella”.

Creo con esto haber demostrado suficientemente lo que al principio me he propuesto, esto es, que los republicanos tal cual los reconocemos hoy en España como partido político no son católicos.

Veamos ahora sí lo son los progresistas.

TAMPOCO LO SON LOS PROGRESISTAS, UNIONISTAS Y DEMÓCRATAS

Para tratar de los progresistas, como que después de la revolución de Septiembre en virtud de esa llamada coalición, se unieron con los unionistas y demócratas, asumiendo cada uno de estos partidos la responsabilidad de los actos de los otros dos, creo más oportuno considerarlos en globo a los tres juntos y examinar el catolicismo de sus actos durante ese tiempo, sin perjuicio de lo que respecto a cada uno de estos partidos en particular pueda decir.

El partido progresista mientras vivió solo ya no se manifestó muy católico que digamos y siempre que tuvo ocasión procuró dar muestras de su catolicismo.

Así vemos, por ejemplo, que durante el bienio de 1894 y 1899 intentaron aquellas Constituyentes, aunque en vano, establecer la libertad de cultos, cosa que ni los reformistas de Cádiz se habían atrevido a consignar en su Constitución. Durante dicho bienio manifestaron igualmente su catolicismo negándose a admitir un dogma de fe definido como tal por la Iglesia nuestra madre. Tal fue el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que impidieron, aunque sin conseguirlo, se publicase en nuestra España, en la España católica donde aquella Soberana Reina es Patrona, mientras libremente circulaba del uno al otro continente.

El partido unionista cuando mandaba solo no dio menos muestras de católico.

Dígalo el reconocimiento del llamado desde entonces Reino de Italia, la aprobación de ese sacrílego despojo consumado en los Estados del Padre común de los fieles, del gran pontífice Pio IX; sin embargo de las suplicas y reclamaciones que contra este hecho inicuo hizo todo el Episcopado español y con el todos los españoles católicos.

Los unionistas lejos de oír a esas lumbreras de la Iglesia dignas de todo respeto por su ciencia y virtud, manifestaron su catolicismo llevando a tres de ellas a los tribunales, porque con más claridad y precisión habían manifestado al Gobierno el pecado que para los católicos envolvía el reconocimiento de semejante iniquidad.

De los demócratas no necesitamos hablar en particular, porque como hijos de los republicanos ya están juzgados.

Considerémoslos ahora viviendo los tres partidos en compañía.

Larga tarea me impondría si fuera a enumerar uno por uno los actos todos que directa o indirectamente atacan al catolicismo, desde el Gobierno provisional hasta el día. Me contentaré, pues, con referir algunos de los principales, bastantes por si solos a demostrar lo que me propongo, llevando al ánimo de todos los españoles el conocimiento más profundo de esta verdad.

Tan pronto como se proclamó la, para España, funesta revolución de Septiembre se manifestó desde luego, en sus iníciales un odio a la Iglesia y a sus piadosas instituciones, pudiendo decirse que sus primeros actos no llevaron otro lema que el de Guerra al catolicismo.

Dejemos hablar a un hombre eminente, honrado patricio que después de dar la voz de alerta anunciando que la revolución, llamaba a nuestros umbrales, prefirió retirarse a vivir modestamente en su casa, antes que cooperar, siquiera fuese solo con su presencia, a una política que por falta de energía estaba apresurando la venida de aquella.

Noble, pues, el Sr. Aparisi y Guijarro, a quien yo respeto, a quien admiro. Su lenguaje me embelesa, su elevado estilo me encanta y al leer sus escritos se me figura que estoy leyendo los cantares de Salomón o los libros proféticos de la Sagrada Escritura. Si, el estilo sublime del Sr Aparisi y sus razonamientos cortaos a manera de sentencias se parecen mucho indudablemente a los empleados por los Autores Bíblicos, teniendo como ellos cierto don profético en sus apreciaciones políticas. Y no es que yo solo sea su apasionado, sino que hasta sus mismos adversarios le hacen justicia en esta parte, como no pueden menos.

Hable, repito, este grande orador y enmudezca yo mientras tanto.

Dice así refriéndose a los hombres de la revolución (1).

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(1) Folleto del Sr.  Aparisi y Guijarro titulado el Rey de España, pág. 21.

“Yo no sé qué mal espíritu hubo de tentar a los libertadores para que acometiesen alguna hazaña que hiciera vividero su nombre, y mirando sin duda a la posteridad disolvieron Conferencias de San Vicente de Paul, culpables solo de hacer bien a los pobres, aunque en nombre de Dios Crucificado; y expulsaron a jesuitas, que enseñaban a sus propios hijos la virtud y la ciencia; y mientras sueltan a miles de presidiarios que se echan a la calle cantando, groseramente obligan a Señoras que son ángeles a que salgan de sus conventos llorando …. ¡Ahí, caballeros, no es muestra de gran valor hacer llorar a mujeres,  ni tampoco rasgar leyes sagradas en que vuestro Ríos Rosas estampó la firma de España; ni escarnecer, ni permitir que se escarnezca al Vicario de Jesucristo, santo y débil anciano que solo sabe bendecir a los hombres!

Los provisionales cuando expulsaron a los jesuitas, que legalmente tenían establecido colegios en España, no se olvidaron de apoderarse de sus bienes… Últimamente uno de ellos en el Congreso se espantaba, porque la democracia habló, no sé en qué términos, de la propiedad. Tenía razón el Ministro, la propiedad es sagrada.

 “A otro Ministro se le ocurrió por medio del Subsecretario, dar licencia para levantar templos protestantes, a condición, eso sí, de que se ajustaran a las reglas de la policía urbana.

“Todos los Ministros consintieron que derribase la barbarie revolucionaria los templos católicos, imitación de los vándalos antes de su conversión. Todos los Ministros consintieron que algunos  periódicos, lenguas de la revolución, se mofaran del Sacerdote, no faltando quien negase a Jesucristo. ¡Hasta la Santísima Trinidad en caricatura ha estado expuesta en la Puerta del Sol!

“Genero satánico y cursi además.

“Y mientras se expulsaban monjas y jesuitas y se ansiaba el templo protestante, al que no hemos de asistir y se asolaban los templos católicos en que oraron nuestros padres; se gritaba alta y sonoramente: ¡viva la tolerancia religiosa! y ¡viva la libertad de asociación! y ¡vivan todas las libertades!”……

Más adelante añade el mismo Sr. Aparisi (1)

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(1) Pág. 28

“Pienso en este momento en algunos desdichados amigos míos, cuyo nombre no diré, y fantaseo que les tengo delante, y les hablo: “Sé, amigos míos que tenéis la desgracia de no creer en Jesucristo-Dios: me lo habéis confesado. Sé, amigos míos que a semejanza de su madre la revolución francesa del 93, tiene la revolución española por mal empeño en destruir la Iglesia católica, también me lo habéis confesado”.

“¿Y a quien puede caber duda de que esta revolución es anticristiana? ¿Quién no lo sabe? No digo yo que entre los revolucionarios no hay cristianos; los hay y gratamente lo reconozco, pero están heridos de ceguedad lastimosa, mas los capitanes de la revolución y el espíritu de esa revolución, en España y Europa niega a Jesucristo-Dios, y arde por destruir la Iglesia, atacando en Pio IX, que es Rey y Papa, a la humana realeza y a la fe divina.

“La revolución, según la frase infame del infame Voltaire, quiere aplastar a Jesucristo-Dios, porque quiere ser libre; y se sentirá libre, cuando pueda echar al arroyo todos sus mandamientos que son leyes, y dormir sin el temor de que a la otra parte del sepulcro ha de encontrar un Juez inexorable.

“¡Pero no podrá dormir, no podrá dormir!!!…. un remordimiento incorruptible le desvelará de cuando en cuando, y de cuando en cuando tendrá miedo.

“Ese miedo engendra en la revolución una extraña enfermedad que se llama: rabia de espíritu.

“Esa rabia de espíritu precipitaba a los hombres del 93 a asolar templos y degollar Sacerdotes. Yo descubro los síntomas de esa rabia en muchos de nuestros hombres; he saludado en las calles de Madrid a algún pequeño Marat, y tocado la mano de algún contrahecho Danton… El mundo sabe ya que el hombre, cuando reniega de Dios, es una fiera que gusta mucho de la sangre”.

Así habla el gran político. Así nos pone de relieve el catolicismo que tienen y que en sus primeros actos mostraron los que pretendieron regenerar a nuestra patria.

Después de esto se le ocurre a un Ministro progresista incautarse de las alhajas y preciosidades que encerraban las Iglesias de España, y como dueño y señor de todas ellas expide un decreto, que autoriza con su firma el unionista Serrano, y cátame aquí a estos nuevos Baltasares disponiendo a su antojo de las cosas consagradas al culto del verdadero Dios.

Pero ¿acaso se destinaban a remediar alguna necesidad pública o el pueblo católico así lo pedía?

Dígalo el clamoreo general que contra tal decreto se ha levantado. Y dígalo más claro el asesinato del Gobernador de Burgos.

Vienen las Cortes Constituyentes y en ellas se pone a disposición la unidad católica, esto es, si la Religión católica, apostólica, romana había de continuar siendo la religión de la Nación española, con exclusión de todo otro culto, o si habíamos de ponerla en parangón con las sectas y falsas religiones, admitiendo el culto de estas como el de aquella.

Ya sabéis lo que ha sucedido.

Lo que no pudieron hacer los reformistas del año 12, ni los liberales del bienio, lo llevaron a cabo los revolucionarios setembrinos.

¿Y es que, acaso, el espíritu público, nacional, así lo demandaba?

Hablen esas razonadas exposiciones de todos los Prelados españoles. Hallen esos millones de firmas presentadas a las Cortes pidiendo lo contrario.

Os he demostrado antes lo que ha pasado en el Congreso con motivo de esta cuestión capital y cual fuera el catolicismo que les manifestaron los republicanos.

¿Cuál sería el de los otros tres partidos que ahora me ocupo?

¿Qué dijeron en aquella sesión (1) el unionista Serrano, el progresista Moret y el demócrata Martos?

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(1) 26 de Abril de 1869

El unionista Serrano, Presidente entonces del Poder ejecutivo, que es como si dijéramos primer Jefe del Estado, de la Nación española se levanta y lejos de desaprobar la conducta de Suñer y Capdevila, empieza diciendo que siente mucho desagradar a los republicanos. Y a fin de no hacerlo les llama buenos patricios. Hace después el elogio del Sr. Suñer y le dice: -“Tengo la seguridad de que su Señoría hablaba de buena fe, lleno de nobleza y sin tener intención de expresar nada que fuese perjudicial; pero no todos tienen el ánimo levantado, noble, generoso y esforzado de su Señoría. Hay espíritus pusilánimes; hay conciencias estrechas; hay gentes timoratas que se asombran que en el Parlamento se hable de cierta manera en determinados asuntos, en asuntos capitales”.

Por último elogia a toda la minoría republicana, diciendo: -“Así, pues, debo decir que esta minoría, respetable por la importancia de sus personas, por su número, por sus grandes ideas del presente o del porvenir (en esto no me meto) es una minoría que ayuda al Gobierno en su esfera, que infiltra aquí sus opiniones y por lo mismo no tiene derecho a abandonar su puesto”…

Veamos ahora como habla el progresista Moret.

Contestando al Sr. Merelo que apoyaba una proposición pidiendo que el Estado garantizase la libertad y la igualdad de todos los cultos, sin sostener el católico, ni los ministros de esta religión, dice en sustancia:

“Precisamente la causa del divorcio entre el curtido liberal y el clero ha sido querer buscar el ideal de la libertad manifestándose útil hacia esa clase; de aquí la lucha del 18 y las situaciones más o menos violentas en que después hemos vivido; de aquí los excesos igualmente indispensables en la primera de estas épocas. Por fortuna, después el problema que en aquella época era una cuestión social, la cuestión de desamortización, después ha variado; dándose paso la cuestión de creencias. Ya en el año 94 se dio la batalla y se ganó en la cuestión de tolerancia, y hoy esta revolución ha  podido, marchando sobre aquel exceso, ha podido plantear la libertad y ha dividido el problema en dos partes. Bajo el punto de vista de las creencias se establece la libertad de cultos; bajo el punto de vista de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, se va hasta donde es posible, porque esa es una idea no encarnada todavía en el país, ni tampoco en esta Cámara, y por lo tanto no estamos en el caso de llevarlo como disposición legal al proyecto que discutimos. Cuando ese principio, hoy todavía poco estudiado en España, vaya siendo bien conocido y penetre en la opinión pública, lo cual yo espero que no ha de tardar en verificarse, entonces acabaremos de resolver la cuestión”.

¿Y el demócrata-cimbrista Martos?

Véase qué modo tiene de censurar la conducta del ateo Suñer.

“¿Que ha sucedido aquí, Señores diputados? Pregunta impávido. Ha sucedido que un amigo el Sr. Suñer y Capdevila,  que el dignísimo diputado de la extrema izquierda tiene opiniones especiales y radicales en cierta materia que trató de exponerlas y hacerlas prevalecer, si a tanto alcanzaba con sus razonamientos, formulando al efecto a los artículos 20 y 21 del proyecto de Constitución.

“Y yo, que tampoco he presenciado todo el incidente, pero que me he enterado de él en parte por referencia como el Sr. Figueras y que fui en parte testigo presencial del mismo, puedo decir que durante no poco tiempo el Sr. Suñer y Capdevila estuvo exponiendo aquí el origen de las religiones y lo hizo con gran lucidez. La Cámara escuchaba atenta y admiraba los conocimientos científicos del Sr. Suñer, reconociendo su lucidez y la fácil manera de exponer y sostener sus opiniones. Algunos de los Señores diputados puede que asintiesen a lo que el Sr. Capdevila expresaba, así como otros asentirían. ¡Quién sabe si alguna parte de la Cámara se sentiría más o menos lastimada en sus creencias al oír las doctrinas de su Señoría, de la misma manera, y por igual fenómeno de la voluntad que el Sr. Suñer y Capdevila puede resentirse en sus convicciones y creencias al escuchar aquí doctrinas que le contraríen, por ejemplo, en boca del Sr. Obispo de Jaén o del Sr. Manterola”.

Vamos, después de oír a estos tres mozos tan bien acabaos, como diría un gitano, se puede formar idea de lo que sería España regida por ellos.

Pues juntos los habéis vistos formando  parte de un mismo Gabinete.

¡Que tres pies para un banco. Dios mío! Permítaseme esta expresión vulgar. Con Sagasta para cuarto, Suñer y García Ruiz de tablas, fabricaríamos un banco, pero ¡que banco! Capaz sería no digo yo de sostener a Lutero y a todos sus discípulos, sino al mismo Mahoma si perdiese su equilibrio en su sepulcro de la Meca.

Establecieron, pues, estos Señores, en nuestra España la libertad de cultos. Y ¿Qué beneficios nos trajo el catolicismo?

Arrojar con mayor facilidad a los pueblos en la corrupción de las costumbres y del espíritu, propagando la peste del indiferentismo”. Como se deduce de la proposición contradictoria condenada por nuestro Santísimo Padre Pio IX (1)

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(1) Syllabus, proposición 79

Oigamos ahora hablar a su digno antecesor Gregorio XVI y veamos como siente acerca de la libertad de cultos; porque hoy días si hemos de ser católicos, tenemos que confesar que el Papa es infalible cuando enseña a los pueblos en materias de fe y costumbres.

Dice, pues, este Romano Pontífice, hablando del indiferentismo y de la facultad de pecar:

“De este indiferentismo procede como de manantial corrompido la absurda y errónea doctrina, o más bien delirio, sobre la libertad de conciencia, la cual pretenden sus defensores que sea reconocida y garantida a todos, a cuyo venenoso error abra el camino aquella completa e inmoderada libertad de opinión que va siempre en aumento, con daño de la Iglesia y del Estado, de la cual no falta quien se atreva a decir con un prudente descaro sacar provecho la Religión. Mas ¿Qué muerte peor puede haber para el alma que la libertad del error? Como decía San Agustín.

Pero ¿a qué he de cansarme en probar los males que trae consigo la libertad de cultos en mal hora establecida en España por los revolucionarios setembristas”.

Después de los brillantes discursos que para combatirla pronunciaron en el Congreso el Eminentísimo Sr. Cardenal de Santiago, el Excmo. Sr. Obispo de Jaén, los Señores Manterola, Ortiz de Zarate, Díaz Caneja y otros elocuentes oradores, nada puedo yo decir.

¿Qué es pedir la libertad de cultos en España? Preguntaba el Eximo. Sr. Cardenal de Santiago (1). Es pedir, contestaba el mismo, que se ofenda a Dios con ocultos falsos, porque no hay más que un culto verdadero … Por consiguiente el que pide y desea en abstracto, en general, porque no me limito a esta nación ni a otra determinad, la libertad de cultos, pide y desea que a Dios se le ofenda ofreciéndole cultos falsos y esto no puede admitirse en tesis general sino que el hombre debe ofrecer “a Dios el culto verdadero que le agrade, pero no puede ofrecer el que le desagrada. Así, pues, yo creo que yerran los que piensan que en nuestra España debe admitirse la libertad de cultos”.

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(1) Sesión del 28 de Abril de 1869

Si esto decía el Eximo. Sr. Cardenal de Santiago antes de establecerse esa libertad, y hablado en abstracto, veamos, ahora en concreto, en la práctica los resultados que dio de sí España desde que se estableció.

La libertad de cultos solo sirvió en España lo mismo que su hermana la de la imprenta impuesta también, por los revolucionarios, para atacar al catolicismo, para fomentar la impiedad y para procurar destruir toda religión, es decir, toda idea de moral en el hombre. Prueba al canto.

En una ciudad de España, y porque no decirlo si se ha hecho público, en la ciudad de Tortosa, a ciencia y paciencia de este Gobierno se publica un periódico titulado “El Hombre” que yo llamo con más propiedad “El Demonio”, uno de cuyos artículos es el siguiente:

“¡Dios ha muerto!.

¡Ya no resucitará!

“Ya estáis vengadas victimas sacrificadas por el bárbaro tribunal llamado Santo Oficio, compuesto de feroces clérigos; ya estáis vengados infelices hebreos asesinados en las calles de Barcelona por los fanáticos católicos; ya estáis vengados desgraciados hugonotes degollados en la noche de San Bartolomé,  otras mil víctimas inmoladas en aras de la idea de Dios, idea cruel, bárbara y sanguinaria por la que la humanidad ha vertido arroyos de sangre, idea que hasta hoy ha agrilletado las conciencias sumidas en la mas degradante esclavitud, idea que sacrifico a Galileo, Servet, Savonarola, mártires ilustres del libre pensamiento. La hora de la emancipación de las conciencias ha sonado ya. Dios ha muerto … Dios no volverá”.

La idea racionalista nacida a la raíz misma del cristianismo, ha extendido su radio de luz a todo el universo, y todas las naciones se conmueven, todos los pueblos se agotan y se apresuran a saludar con frenéticos aplausos el reinado de la justicia y de la fraternidad universal. Dios infame, que simbolizabas el fanatismo, la intolerancia, el orgullo y la impiedad de una clase con (la aristocracia y el clero) para con otra desleida e ignorante (el pueblo) tú has muerto.

Tu reinado se oscureció allá en Francia a los fulgores vividos del racionalismo de Marat y Danton. El pueblo del 93 cavó su sepultura a los acordes mágicos de la Marsellesa y el siglo XIX, ese siglo del análisis y del estudio, el siglo de la ciencia, el siglo del vapor y la electricidad cierra tu panteón y escribe sobre él con la sangre de inocentes víctimas que tú has sacrificado, este epitafio: ¡Dios ha muerto! ¡Dios no resucitará! “¡PASO A LA RAZON!”.

Creo que esto no necesita comentario alguno porque solo su lectura hace erizar los cabellos al más despreocupado, hiriendo lastimosamente su corazón. Ni el mismo Lucifer sería capaz de escribir peor. ¡Miserables quisieran que no hubiera Dios para vivir como bestias; pero su impotencia se estrellará siempre contra la omnipotencia de aquel que existirá más allá del fin de los siglos!.

Otro de los males que nos trajeron los revolucionarios fue la libertad absoluta de imprenta.

Y ¿Qué diré yo de esta libertad?

Digo sin rebozo alguno que es anticatólica, que es el veneno de sociedad que va infiltrándose poco a poco en la masa general, corrompiendo los entendimientos de cada uno de sus miembros.

Oigamos hablar sobre esto a personas más autorizadas por su saber y antes que nadie hable primero la autoridad infalible de la Iglesia.

El Romano Pontífice Gregorio XVI en su Encíclica de 19 de Agosto de 1802, decía:

 “Aquí corresponde hablar de aquella horrible y nunca bastante execrada y detestable libertad de la prensa, por cuyo medio se publican todo linaje de escritos, y la cual tienen  algunos el atrevimiento de pedir y promover con grande clamoreo ….. Algunos ¡o dolor! se dejan arrebatar hasta la imprudencia con que sostienen que el diluvio de errores está compensado por alguno que otro libro que sale a luz en defensa de la verdad. Pero es ciertamente ilícito hacer un mal grande y positivo porque se espera, etc.”  Después cita a este propósito el Pontífice los Concilios Lateranense V y Tridentino.

De aquí se sigue que para un católico no puede ser semejante libertad, no  puede admitirla.

Reflexionemos un poco sobre sus consecuencias.

Para esto no hallo palabras mejores ni pensamientos más profundos que los que el R. P. Zaparelli pone a este propósito en boca de un católico (1)

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(1) Examen crítico del Gobierno representativo, Tomo 1. Cap. 6. p.1.

“¡Con que será libre de ahora en adelante la imprenta! Se dice asimismo. ¡Con que habré de ver maltratado a mi Dios en todos los ángulos de la ciudad, en todas las columnas de los periódicos, en las orgías de los cafés y teatros, de los bodegones y de las plazas! ¿Y mis hijos? ¿Y mi esposa? ¿Y mis criados? Yo que he vigilado hasta aquí el modo como han guardado la integridad de su fe, asegurada su felicidad eterna y puesto su pensamiento, sus afectos todos, hasta el más intimo movimiento de su ánimo bajo la protección de un Dios que todo lo ve, que lo puede todo, que todo lo juzga y recompensa, ¿habrá de ver la inutilidad de esta solicitud y lo estéril de mis afectos? Ya estos hijitos míos inocentes no darán un paso sino a la orilla de un abismo ¿ni como impedirles que lean en medio de un diluvio de escritos? Y dado caso que no los lean, ¿dejaran de oír a tantos declamadores? Y supuesto que no flaqueen oyendo a estos energúmenos, ¿no serán acaso tentados con litografías y carteles? Y aunque cerraran los ojos, ¿sabrán cerrar los oídos a sus camaradas de escuela y de colegio?. Un solo día infausto en que penetre en sus ánimos alguna duda, bastará quizá para extinguir la trémula llama de fe todavía vacilante y su pobrecita alma tan querida perderase para mi Dios a quien la había ofrecido educándola con este intento; y será perdida para estas entrañas personales, y perdida para siempre. ¡Ah, cuando decida sea el impío, contra el clamaran venganza la posteridad y la historia! Desdichado impío que hizo mofa de la seguridad de nuestra unidad despedazándola con la extranjera libertad de condenarse”.

Basta con lo dicho, sin que tenga necesidad por mi parte de hablar una palabra más.

Viene después la libertad de asociación que ya se sabe como la entienden los revolucionarios. Libertad para reunirse los clubs y tertulias progresistas, los Victorianos del casino de este nombre, la partida de la Porra envuelta en todos sus mitos, y mil y mil otras asociaciones de este país; pero fuera de ahí, destrucción de conventos y supresión de comunidades religiosas, disolución de asociaciones benéficas a favor de los pobres y apedreo y fuego a los casinos de diferente matiz político.

Veamos, por último, otra de las libertades que nos regalan los héroes de la gloriosa, o golosa como la llamó un republicano.

– Libertad de enseñanza -.

Y al decir esto no es que yo sea contrario a esta liberta, al contrario, reconozco su grandes ventajas y que con ella se abre la puerta a millares de infelices que yacen postergados en la oscuridad, y que de ese modo llegarían a ser grandes columnas de la Iglesia y del Estado. Pero yo entiendo la libertad de enseñanza de diferente modo que la entienden nuestros revolucionarios. Mientras que yo la acepto circunscrita a ciertos límites, sin concedérsela nunca al error, ellos la interpretan, – libertad para enseñar el error, represión para enseñar la verdad -, libertad para enseñar la doctrina de cualquiera religión falsa, prohibición de enseñar la de la única religión verdadera, la de la religión católica, apostólica, romana.

Así sucedió en efecto, que pidiendo algunos reformistas al Gobierno que se proscribiese en las escuelas la enseñanza de toda religión positiva (con lo que se llagaría en poco tiempo al ideal de Suñer y Capdevila) el Gobierno por complacerlos dice: pues fuera la enseñanza de la religión católica, fuera la enseñanza de moral y de historia sagrada. En confirmación de esto usare la siguiente circular:

“Poder ejecutivo – Ministerio de Fomento – Dirección general de instrucción pública  – negociado 2º – El Eximo. Sr Ministro de Fomento dice con esta fecha a las Juntas provinciales de primera enseñanza de Granada, Sevilla, Córdova, Cádiz, Málaga y Huelva lo siguiente  – “En vista de las reclamaciones de un crecido numero de padres de familia de esa capital, en las que solicitan, como afiliados al culto evangélico reformado, que en las escuelas de primera enseñanza a donde asisten sus hijos no se les enseñe religión alguna positiva, y en tanto que sobre tan importante asunto se adopta una medida general, S. A. el Regente se ha servido autorizar a la Junta que V.  preside para que dispense a los maestros de las escuelas públicas de esa provincia de dar la enseñanza de religión y moral o historia sagrada a los alumnos, cuyos padres o encargados así lo pretendan, toda vez que el precepto constitucional deroga virtualmente en el expresado caso las disposiciones en cuya virtud existe aquella enseñanza – Lo que traslado a V. para su conocimiento y demás efectos. Dios guarde a V. muchos años – Madrid 14 de Septiembre de 1870 – El director general M. Mérelo – Al secretario del consistorio central de la Iglesia española reformada – Sevilla –“.

Es decir que la constitución deroga virtualmente el Concordato en que aquella enseñanza se prescribe.

En vista de esto, permítaseme, para concluir este capítulo, formar los siguientes raciocinios.

Según dice el mismo Concordato, en la aprobación que tiene del Romano Pontífice, ninguno puede derogarlo, ni contravenir a sus disposiciones sin que incurra en la indignación de Dios y de sus Apóstoles San Pedro y San Pablo. Es así que el Gobierno español, compuesto de progresistas, unionistas y demócratas lo ha derogado por sí y ante sí. Luego ….. Quítele V. la consecuencia. Otro. Ninguno puede ser católico que acate las disposiciones del Jefe de la Iglesia y obedecer sus mandatos, máxime cuando estos obligan bajo pecado. Es así que el Gobierno español compuesto de progresistas, unionistas y demócratas no ha acatado esas disposiciones, ni obedecido esos mandatos. Luego ….. Quite V. la segunda y saldrá lo que me he propuesto demostrar, que ni progresistas, ni unionistas, ni demócratas son católicos.

Y si aún queda alguna duda, vaya en confirmación la proposición XLVIII del Syllabus  condenada por nuestro S. Padre el Papa Pio IX: “Los católicos pueden aprobar un sistema de educación que se separe de la fe católica y de la autoridad de la Iglesia y que no tenga por objeto, o al menos por objeto principal, sino el conocimiento de las cosas naturales y la vida social en este mundo”.

LOS MODERADOS TAMPOCO SON CATÓLICOS

Algo difícil parecerá probar esta proposición; y porque parece difícil la he dejado para el último. Quizá alguno se escandalice al vérmela sentar como tesis. Exageración, dice de seguro fanatismo hacia un determinado político que le hace ver malos todos los demás. Creo que las pruebas que aduzco son bastante claras para que fácilmente puedan comprenderse y que al proponerme hacer un examen crítico de los diferentes partidos políticos, lo hice bajo el punto de vista religioso, bajo el prisma del catolicismo. Por consiguiente no pueden de ningún modo aplicárseme esos calificativos si, usando del catolicismo como piedra de toque, comparo la conducta de unos y otros y separo la aleación que tengan de sustancias heterogéneas.

Para juzgar del catolicismo del partido moderado, no he de ser yo quien juzgue sino sus mismos hechos.

Admitiendo, en primer lugar, la funesta teoría de los hechos consumados reconoció el laicado reino de Italia, sosteniendo allí su embajador como sus antecesores los unionistas. Y sabido es que los hechos consumados están condenados por Nuestro Santísimo Padre Pio IX en su célebre Encíclica “Quanta cura” y proscritos en las proposiciones 59, 60 y 61 de Syllabus.

Oigamos ahora como elogia al partido moderado Amadeo Melogari, célebre  profesor de derecho constitucional en la Universidad de Turín, autoridad nada sospechosa por ser panegirista del Gobierno constitucional; quien proponiéndose demostrar que la moderación es una excelencia natural de los Estados representativos, dice de su propio partido, censurando el falso mecanismo de que se origina la moderación viciosa.

“Un partido, sin carácter, sin tendencia marcada, el cual se da el nombre de moderado, como si la moderación consistiese en no tener opinión franca. Nombre en mal hora y muy débilmente escogido para encubrir bajo el velo del amor al país todas las apostasías, las ambiciones más innobles, propósitos menos legítimos. Con este nombre se han sentado naturalmente todos los que, siendo capaces, de tener opinión propia, se acomodaban gustosos a ese gran partido. De donde resulta que las nociones parecen representadas en todas sus fuerzas, y no lo están, sin embargo, más que en sus vicios. No teniendo los Gobiernos, ni la conciencia de su propio derecho, ni la de su fuerza, fueron en cambio débiles más bien que moderados; astutos y no prudentes; no conciliadores, sino corruptores ….. “Bajo el manto de la moderación y dando fatal ejemplo, se han reunido constituyendo en diversas naciones partidos gobernantes, fuertes por el numero, no por el valor moral; parásitos, no devotos; crueles por miedo no por valor; torpes, débiles, indecisos no moderados” …. (1).

Basta oír este panegírico para formar una idea de lo que es el partido moderado. Pero para que no se diga que apelo a citas extrañas, vengamos a nuestra España en donde las tenemos más que suficientes.

Contestando el republicano Sr. Figueras al General Serrano, Presidente entonces del Poder Ejecutivo, dijo (2) “En cuanto a los sentimientos religiosos y puedo citar en la mayoría algunos ateos y podría decirle además (al Sr. Serrano) que un partido con el que su Señoría ha tenido bastantes afecciones, que es el partido moderado histórico, tiene como uno de sus distintivos el carácter volteriano”.

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(1) Risorgimento del 30 de Noviembre columna XII. Turín.

(2) Sesión del 26 de Abril de 1869.

Por último, diré con el diputado Díaz Caneja combatiendo la libertad de cultos (1).

Seria preciso que desapareciese la Religión para que no hubiese ocasión de cometer excesos contra ella. Esta es la razón que se alegaba para acabar de quitar a la Iglesia todo lo que  tenia: así lo decían tres, dos moderados, que son ni más ni menos que todos los demás partidos liberales, un poco mas hipócritas pero que al fin y al cabo hacen más daño son su moderantismo que si atacasen de frente la religión”.

Finalmente, diré para concluir “la palabra moderado es el predicado de un juicio cuyo sujeto es el término liberal. Así lo afirma el erudito escrito Sr. Orti y Lara. Por consiguiente, probado que ningún liberal puede ser católico lo está también que no lo son los moderados.

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(1) Sesión del 4 de Mayo de 1869

NI LOS LIBERALES, NI LOS LLAMADOS CONSERVADORES PUEDEN SER CATÓLICOS

Llevamos probado hasta aquí que ni los republicanos, sean federales o unitarios, ni los demócratas con su cimbreria, ni los progresistas con su radicalismo, ni los unionistas, llámense de pura raza o fronterizos, ni por ultimo los moderados llámense conservadores o simplemente moderados, pueden ser católicos dentro de las bases, o credo político que cada uno de estos partidos ha adoptado.

Ahora bien, como quiera que todos ellos se hallen comprendidos bajo una denominación común y dentro del término abstracto liberal, de ahí es que establezcamos como tesis que ningún liberal puede ser católico.

Por supuesto que al hablar de liberales entiendo por tales a todos aquellos que en oposición al partido realista primero y después al carlista se han apropiado ese nombre, usurpando a la palabra libertad su verdadero y genuino sentido,

No necesitaríamos, en verdad, mas prueba, que las aducidas para cada uno de los partidos liberales en particular; pero como el objeto que me propongo en este escrito es llevar al ánimo de mis lectores el mayor conocimiento posible, me extenderé en algunas otras reflexiones bastantes por si solas a esclarecer la verdad que sostengo.

El liberalismo, como todo sistema político tiene su metafísica, su lógica, y su moral correspondientes: lo que no tiene, es Religión.

“La metafísica liberal es un Dios sin Providencia: su ética una sociedad sin Dios: su lógica, la que se echa de ver en las consecuencias siguientes: – Derecho de asociación: abajo, pues las órdenes religiosas y las conferencias de San Vicente de Paul. – Libertad de cultos: caigan por consiguiente los templos católicos. – Inviolabilidad de la prensa y del domicilio: toleramos, pues, a la partida de la porra, y expulsemos de sus asilos inviolables a las vírgenes del Señor. – La ciencia y la enseñanza deben ser libres como la conciencia:  de donde se sigue que a los niños debe enseñarse forzosamente lo que al Estado le plazca, y que los profesores cuya ciencia y cuya conciencia sean contrarias a la Constitución, si por ventura no se prestan a sacrificarlas en aras de nuestro ídolo, deben ser desterrados. Justo es sin embargo, reconocer y confesar que la lógica de la contradicción, como diría un discípulo de Hegel, no pertenece exclusivamente al liberalismo el error y la iniquidad jamás se esforzaron por sostenerse a sí mismos sin contradecirse: Mentita es iniquitas tibi. Y a la verdad, si la escuela liberal profesara la verdadera lógica, no tardaría mucho en perecer a manos de sus dos enemigos capitales: el catolicismo y el socialismo.

“La principal contradicción en que incurren los Apóstoles de la idea liberal,  no está tanto entre sus principios y sus conclusiones, o sea entre sus palabras y sus obras, como entre sus pensamientos y sus palabras. No creáis nunca en la sinceridad porque el espíritu y el corazón que  las dictan, están lejos de Dios”.

“Por ejemplo, el liberalismo dice: “Sean libres todos los cultos” ¿Porqué diré y lo decreta así en el papel? ¿Acaso por creerlos a todos verdaderos? No; que la verdad es una, y no se contradice asimismo. ¿Por reputarlos a todos por falsos? Tampoco; que ser una cosa falsa, no pueda ser razón para dejarla en libertad. ¿Porqué duda o ignora dónde está la verdad y donde el error pero ni la ignorancia ni la duda fueron grandes principios de derecho ni razones de estado. “¿Cual es, pues, el pensamiento que se oculta debajo de la expresión libertad de cultos? – Una inteligencia ejercida en pesar la plata menuda de los doctores a que nos referimos, no dejará de ver a través de esta formula el odio a la verdad conocida. Si: el liberalismo conoce la religión divina, pero la aborrece; y por esta causa ataca y adula a todos los enemigos de ella, a los sectarios de los falsos cultos, para que le ayuden en su guerra satánica contra el cielo”

“Si quiere una prueba de que el liberalismo es pura soberbia, obsérvese que todo su empeño se cifra en poner en el corazón y en los labios de los hombres formados por sus máximas, lo que Dios dice de sí mismo: Per me reges regnant. –  Por dicha nuestra los tronos montados al aire no tardan en caer ignominiosamente.

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“La razón de los que dijeron refiriéndose al Hijo de Dios: Nolumus hunc regnare super nos, no se extinguirá en el mundo mientras quede en él un solo liberal”

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El liberalismo es en materia de obediencia, como en todas las demás, el polo opuesto al catolicismo. Este dice: “A Dios se ha de obedecer antes que a los hombres. – Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”. Aquel por el contrario: “Obedeced siempre al hombre sin respeto ninguno a Dios. – Negad al César lo que es del César, pero dadle lo que es de Dios”.

“El liberalismo dice: “Cúmplase la voluntad de la Nación”. Los católicos, por el contrario, decimos: Cúmplase la voluntad de Dios. Fiat voluntas tua” Donde se ve que nosotros obrando o padeciendo miramos al cielo, cuando nuestros contrarios no saben levantar sus ojos ni su corazón de la tierra: que tierra es el hombre, y voluntad animal y carnal el ídolo que adoran bajo el nombre de voluntad de la nación”. ……

Así discurre sobre el liberalismo el sabio y profundo filosofo Sr. Orti y Lara; y cualquiera que esté medianamente instruido en la política moderna y fije algunos momentos su consideración sobre las reflexiones que anteceden, comprenderá desde luego la verdad que cada una de ellas encierra.

Pero sigamos discurriendo con dicho Señor, por más que parezca algo difuso en las citas y tema molestar a mis lectores con ellas, pero siempre me gustó inclinarme ante la ciencia y dejar caer mis parpados sobre los ojos en presencia de los que la poseen; teniendo siempre presente lo que decía Sócrates en una carta a Demonico – “Emplea tus ocios en escuchar las reflexiones de los sabios” – A mas que si yo lo dijera todo, como que mi raída sotana de Sacristán tiene poca autoridad para mis lectores, no sería de tan buen gusto para ellos, ni lograría tampoco llevar el convencimiento a su ánimo, sin mezclarla de vez en cuando con la toga de un Profesor, o de otra persona que merezca nuestro respeto.

Todas las constituciones liberales, incluida la de 1849, contienen expresa o tácitamente el dogma absurdo de la soberanía nacional. Ahora bien, como este dogma sea realmente la esencia del liberalismo, siguese que todas los liberales convienen en la parte esencial del sistema, todos, desde el moderado más recalcitrante, hasta el demócrata más radical”.

Absurdo llama el Sr. Orti y Lara al dogma de la soberanía nacional, y tiene en ello sobrada razón. Porque por absurdo tengo yo un sistema que en la práctica es imposible.

Por poco numerosa que sea una sociedad es imposible que todos los individuos de esta sociedad se junten y convengan continuamente para proveer al Gobierno común. Y como reconoce perfectamente el P. Suarez, no puede existir libertad en el hombre para hacer lo imposible e imposible es al hombre vivir en sociedad sin conferir el ejercicio del poder político a alguien, la sociedad y los miembros de ella no se despojaron, al conferirlos, de una libertad que no tenían sino que proveyeron a su impotencia de vivir en familia civil sin gobierno común. Y como observa bien Santo Tomas, la superioridad ordenada para la utilidad de los súbditos no quita a estos su libertad. ¿No es, pues, un absurdo afirmar que todos somos Soberanos, confesando al propio tiempo que es imposible que gobiernen todos”.

Decidme, sino, vosotros políticos naturalistas que queréis hacer de la razón guiada por vuestro espíritu privado, la norma de todas vuestras acciones; ¿Cuándo la naturaleza o la razón han preceptuado lo imposible y lo impracticable? Pero ya se ve, el principio de la Soberanía nacional viene directamente y como consecuencia legitima del no menos funesto aserto que en toda sociedad los hombres son enteramente iguales en sus derechos: lo cual hablando de los derechos puramente naturales y específicos, es verdad; pero hablando de los derechos individuales es falsísimo; porque Juan puede tener derechos que no tiene Pedro.

Otra de las consecuencias naturales que se desprenden del dogma de la Soberanía nacional es el sufragio universal. Una vez admitido aquel, necesariamente tenemos que adaptar este como medio.

No he de suponer yo tan tontos a los defensores de ese principio soberano, que desconozcan por completo y no vean claramente que el Gobierno de todos es imposible; porque la idea de Soberanía es relativa y envuelve necesariamente la de vasallos; y no se concibe una sociedad en que todos sean lo primero sin haber quien rinda homenaje de lo segundo.

Pero estoy viendo que se me contesta – Sabemos que es imposible el que todos gobiernen, pero todos tienen derecho a influir en la gobernación del Estado; a contribuir con su sufragio y obligar a sus gobernantes a que entren con ellos en pactos y les rindan cuentas de sus operaciones -. Estas razones parecerán tener mucha fuerza a primera vista para algunas personas ligeras e incautas, pero se destruyen por sí mismas.

El sufragio universal, tal como lo entienden los liberales es, no solo imposible, nocivo, falaz y tumultuario, sino que mina los cimientos de nuestra sacrosanta religión y tiende a la ruina de nuestra fe.

No me detendré en probar la primera parte de esta proposición, ya porque su necedad resalta por si sola en la mente de cualquiera que tenga presenciado una de esas luchas electorales, ya porque los cortos limites de este escrito y su objeto principal es demostrar la antipatía que existe entre los principios liberales y los católicos.

Que el sufragio universal mina los cimientos de nuestra sacrosanta religión y tiende a la ruina de la fe, se deduce claramente meditando un poco sobre ello.

Mientras el católico contempla la desigualdad de las condiciones sociales, como una admirable disposición de la Divina Providencia, el liberal, por el contrario, ve en ello solo con ojos de pagano una desventura del débil y una injusticia de la fortuna. El catolicismo, que honrando la pobreza en el Dios humanado, la recomendaba al rico, constituyéndolo en administrador de los pobres, nos enseñaba la diversidad de las condiciones sociales como un elemento de asociación entre los individuos, del mismo modo que, en la diversidad de las producciones de los varios climas, vemos nosotros un vinculo social que por medio del comercio entre si todos los pueblos de la tierra. Pero es noble y social idea del catolicismo, viene a desaparecer necesariamente cuando se extingue la cabeza y el corazón la estima del cielo y el aprecio de los bienes terrenos; cuando el rico, lejos de creerse obligado a alimentar a los pobres con lo superfluo, llega a perder hasta la idea de lo superfluo, por no saber rehusar nada a la insaciable sed de sus apetitos y caprichos. En semejante sociedad el vulgo, sediento de placeres al par del rico, pero tan ayuno de ellos como harto este, debe naturalmente anhelar por el modo como único medio de conseguir que la opresión desaparezca. Decid a este vulgo que el mandar es para el derecho inalienable y veréis a que estado de perpetua convulsión le habréis reducido, mientras en realidad es imposible que llegue nunca a quedar satisfecho.

Así discurre el Padre Zaparilli sobre las consecuencias del sufragio universal, al examinar los principios teóricos de los gobiernos liberales (1)

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(1) Zaparilli: Examen crítico del Gobierno representativo , Tomo 1º, cap. 2º, en donde extensamente puede verse este tratado y probados filosóficamente los vicios de que adolece el sufragio universal.

Tenemos además en la Sagrada Escritura, sin necesidad de acudir a citas profanas, testimonios irrefutables que demuestran esto mismo, y cuan errados van los que quieren hacer del sufragio universal una fuente de verdad.

En el Éxodo cap. 23 vers. 2 se lee: “Non sequeris turbam ad faciendum malum: nec in judicio plurimorum acquiesces sententiae ut a vero devies”. – “No sigas la muchedumbre para obrar mal: ni en el juicio te acomodes al parecer del mayor numero, de modo que se desvíe de la verdad”

He aquí confirmado por la divina palabra lo que la razón y la experiencia nos demuestran. Y ¿Qué decís a esto liberales? ¿Por censura no habéis seguido vosotros esa muchedumbre que habéis gobernado en Italia y dentro de la misma Roma, para desposeer de su trono a un Soberano legitimo y arrebatar al Vicario de Jesucristo sus Estados? ¿Y os parece que esos cuantos millones de votos expresados con la liberima voluntad que todos sabemos pueden constituir un titulo legitimo de derecho.

Decidlo francamente y con la mano puesta sobre el corazón …. O si no, yo lo diré por vosotros y; os daré este consejo – Si habéis de ser católicos humiliate capita vestra y dejad toda esa farsa.

– Pero es ya un hecho consumado y hay que acabarlo – Nosotros no podemos intervenir en los asuntos de otra Nación, si esta quiere constituirse de por sí.-

Ved aquí otros dos principios falsos, destructores de toda sociedad y por añadidura heterodoxos.

Es un hecho consumado: hay que observar el derecho de no-intervención. Decidme liberales, ¿no os espanta la práctica de estos dos principios que tan alto proclamáis?

¿No veis que la sociedad se destruye con ellos, la propiedad se arruina, y la moral se pervierte por completo? ¿Habéis pensado alguna vez seriamente en ello?

Figuraos que mañana vais por la calle y se llega a vosotros cualquiera mozalbete y os saca el reloj del bolsillo, el sombrero, o la capa, que luego al punto llamáis a un agente de orden público y le dais parte del hecho, y que éste, impasible, y retorciéndose el bigote como si tal no sucediera, os contesta: – Nada tengo que hacer a V. es ya un hecho consumado y según el derecho de no-intervención no puedo inmiscuirme en ese asunto.-

Vamos,  ¿Qué diríais si tal os sucediese? ¿Os marcharíais tranquilos para vuestras casas? Pues sin embargo de eso, el agente de orden publico tenía razón, y si habéis de ser consecuentes con vuestros principios, tenéis que dársela y callar.

Pero si vosotros no podríais sufrir esta conducta, y tendríais por tan ladrón al agente de orden público, como al que os echó la mano para robaros. ¿Cómo queréis que nosotros no os tengamos a vosotros por ladrones y ladrones en grande escala; puesto que no os contentáis con autorizar el robo de un reloj, un sombreo o una capa sino que reconocéis el de una provincia, un estado, un reino entero?

Y no hay que decir que en esto hay excepción de partidos, pues todos, desde el republicano hasta el moderado, han reconocido el despojo hecho al Rey de Nápoles y al Romano Pontífice; en virtud de esos mismos principios que tan descaradamente proclaman.

He dicho además, que eran heterodoxos. Vedlos, sino, condenados por Nuestro Santísimo Padre el Papa Pio IX en su Encíclica “Quanta cura”, y expresamente en las proposiciones 61 y 62 del Syllabus (1).

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(1) Proposición LXI: “Una injusticia de hecho coronada por el éxito no perjudica en modo alguno a la santidad del derecho”.

Proposición LXII: “Se debe proclamar y observar el derecho de no-intervención”.

Luego, o renegar de la fe católica y de los preceptos de nuestra Santa Madre Iglesia, o proscribir y desechar esos principios. O ser herejes o católicos. No se puede, pues, ser liberal sin dejar de ser católico.

Pero ni tampoco se puede ser conservador.

Alguno creerá, tal vez, al oírme sentar esta proposición, que exagero, que llevo hasta el último término la pasión política, y quiero sostener mi espíritu absolutista y sistemático.

No, amado lector; entra conmigo a examinarlo y te convencerás que no digo más que la verdad, mal que les pese a esos hipócritas que, o están ciegos y no ven a donde van, o quieren tener encendida una vela a Dios y otra al demonio; olvidándose de aquella máxima del Evangelio que nemo potes duobus dominis serviré: “Nadie puede servir a un mismo tiempo a dos amos”-

En efecto, si consideramos a esos hombres conservadores a lo Sagasta, no hay para que poner en tela de juicio su catolicismo; porque ese hombre público ya queda juzgado en los capítulos anteriores y con el todos sus secuaces.

Pero sin avanzar tanto, veamos como opinan los moderado-conservadores, que no parece alejarse tanto del catolicismo.

Si los consideramos conservadores a lo Cánovas, oigamos como se expresa este Señor. “Yo en mi amor a los partidos liberales, y deseoso de que todas las conquistas liberales de la revolución se arraiguen …… (1)

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(1)Sesión del 21 de Diciembre de 1870.

Basta, basta, Sr. Cánovas. ¿Con que tiene Vd. amor a los partidos liberales y deseo de que todas las conquistas liberales de la revolución se arraiguen? No necesitamos más. Con saber las que en materia de religión hizo la revolución de Septiembre, tenemos aprendido el catolicismo de Vd. Y cuenta que no habla por sí solo; puesto que seguidamente dice que – “no es una persona sino una doctrina lo que sostiene”. –

Si por último, los consideramos al estilo de Calderón Collantes, defensor encomiástico de ese partido, no quedan menos parados.

Contestando este Señor, en el Congreso al Sr. Figuerola (1) dijo entre otras cosas que “los partidos conservadores son los que han consolidado siempre las conquistas de la revolución.” No habría partidos radicales sino hubiese conservadores. Y no se entienda por partido conservador el que cierra los ojos a toda idea de progreso; no. El progreso es una ley de la humanidad, y yo no puedo rechazar su marcha.

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(1)Sesión del 22 de Diciembre de 1870

“Y, Señores, que podría muy bien pasar sin decir esto, lo declaro: soy conservador dentro de la situación, y no habiéndome revelado jamás ni aun en el 68, respeto a todo poder constituido y acato todo lo hecho por las Cortes, aun cuando haya algo que pugne con mi modo de ver; soy pues, conservador dentro de la Constitución”.

Así habla el Sr. Calderón Collantes, y así hace la apología del partido conservador …

Según él, los conservadores son los que han consolidado siempre las conquistas de la revolución. Es decir los que, si no se han revelado sino han hecho la revolución, la han aprobado, la han consolidado, la han dado fuerza y vigor, y como si digerimos, la han sancionado. ¿Qué más? Por si aún queda alguna duda, el Sr. Calderón Collantes nos saca de ella enseguida. “Soy conservador, dice dentro de la situación”. Pues cuidado, no se separe Vd. de ella sino quiere Vd. prevaricar; que la situación está dando sendas pruebas de catolicismo. – “Acaso todo lo hecho por las Cortes”. – Claro, libertad de cultos, libertad de imprenta, libertad de enseñar sin previa licencia, ley de registro civil, que presupone la del matrimonio; dar autorizaciones para que se procese a los Obispos españoles, por cumplir con su ministerio pastoral; y otras por el mismo estilo tan católicas como estas. – “Soy conservador, dentro de la Constitución” – Pues júrela Vd. aunque sea veinte veces,  sino le bastó una, y quedará Vd.  limpio de todo pecado; y mañana puede Vd. quebrantar otras tantas ese juramento sin escrúpulo alguno de conciencia.

¿Qué decís a esto, lectores míos? ¿Podéis dudar todavía del catolicismo de estos hombres; o convenís conmigo en que no pueden hermanarse el catolicismo y el liberalismo; aunque éste aparezca cubierto con el manto de los llamados conservadores?

Yo os diré con el Gran Pontífice Pio IX, contestando a la diputación francesa que iba a felicitarle por el 29º aniversario de su Pontificado – “No temo a la Commune; lo que me da temor es esa política que se llama liberalismo católico.

SOLO LOS CARLISTAS PUEDEN SER CATÓLICOS

Examinados los diferentes partidos políticos que pululan en nuestra España y se desgarran a porfía por apoderarse del mando hemos sacado hasta aquí, que ninguno de los que militan bajo la bandera liberal, sean estos más o menos avanzados, puede arrogarse para sí el honroso titulo de católico. Nos resta solo examinar el partido carlista, que desde hace 38 años viene luchando en oposición al partido liberal.

Nacido el partido carlista en el año 1833 con la muerte de Fernando VII, tubo que sostener una guerra civil con el liberal representado en la hija mayor de este rey Dª Isabel de Borbón.

El origen de esta guerra, así como del carlismo, dimanó de considerarse legitimo heredero del trono  el hermano de Fernando VII D. Carlos María Isidro de Borbón; presentándosele como rival su sobrina Dª Isabel, hija mayor de aquel rey.

¿Cuál de los dos contendientes tenía razón?

¿A quién pertenecía de derecho la corona de España?

Cuestión es esta sobre la que se ha escrito todo, ya en folletos, ya en periódicos, que parecerá redundante el ponerse a dilucidarla. No obstante como no a todos llegan esos folletos y esos periódicos, por más que parezca me separo un poco del objeto principal que me propuse, van a permitirme mis lectores, que, entresacando de unos y otros las razones fundamentales, presente algunas pruebas en apoyo del derecho que, única y exclusivamente, tenia D. Carlos María Isidro, de quien tomaron nombre los Carlistas.

En el año 1713, reinando en España Felipe V, estableció una ley de sucesión a la corona en virtud de la que no podían reinar las hembras, debiendo pasar la sucesión directa del trono a los varones menores y si no los tenía directos el monarca, debía pasar a sus colaterales. Esta ley llamada sálica, no fue obra meramente del capricho o del interés, sino que su objeto fue evitar en adelante la ocasión de una guerra como la que su fundador había tenido que seguir contra Austria e Inglaterra; y dar además fuerza de derecho escrito a la antigua costumbre.

En efecto, que esta era la costumbre que de muy antiguo se venía observando en España se prueba.

Cuando en 1474 acaeció la muerte de Enrique IV, consultados los grandes de Castilla sobre si era D. Fernando el Católico o su esposa Dª  Isabel quien heredaba el trono, reunidos en Segovia, dieron por respuesta lo que nos refiere el  ilustre cronista P. Pedro Abarca, Jesuita, catedrático de Teología en la Universidad de Salamanca.

“No se hallará ejemplo, dice, en que, habiendo príncipe de la varonía real de Castilla o León, haya heredado la hembra su corona …… pues aunque muchas veces sucedió o pareció suceder mujer en el reino, pero a la verdad mas para sus maridos o hijos que para sí, pues no ellas, sino ellos, gobernaron y mandaron …..” Y para deshacer la objeción que pudiese hacerse de que habían reinado hembras como Dª Berenguela, Dª. Urraca y otras, contestan:

“Dª Berenguela por huir de los escollos, apenas murió su hermano D. Enrique el primero, cuando entregó el reino a su hijo D. Fernando el Santo; ni Dª Urraca le tubo jamás sino ya en el marido, ya en el hijo, que le tomó a su mano en vida de la madre”.

Las otras tres Reinas más antiguas, Dª Sancha, Adosinda y Ermesenda, tampoco gobernaron, sino sus maridos, D. Fernando el Magno, D. Silo y  D. Alonso el Católico:

“Aseguraban también los grandes de Castilla que el derecho de sucesión por vía de primogenitura no se podía por ejemplo, aplicar a las hembras y menos contra los principios legítimos de la sangre, porque estos eran todos ejemplares de aquella Corona; sino se añade el del Condado de Castilla, en el que faltó también la varonía, cuando sucedió a su infeliz hermano Dª Nuña, que tampoco gobernó, pues en vida de ella lo mandaron todo uno a solas, primero su marido D. Sancho el Mayor, Rey de Aragón y Navarra y después su hijo D. Fernando el Magno de León, como Señor absoluto de Castilla, sin dependencia del gobierno de la madre y aun sin la compañía de su persona”. Esto por lo que atañe a los Reinos de Asturias, Castilla y León.

Por lo que respecta al Reino de Aragón, solo ocurrió un hecho que en nada desvirtúa esta antigua costumbre.

Habiendo muerto D. Alonso el I en 1134 sin hijos ni parientes que estuvieran en el caso de ascender al Trono, fue colocado en él su hermano D. Ramiro el Monge quien mediante dispensa pontificia contrajo matrimonio con Dª Inés de Poitiers, a fin de dar a la corona un heredero. Nació luego de esta unión Dª Petronila, y deseando restituirse al claustro el augusto religioso, se apresuró a ajustar esponsales entre su hija y el Conde Soberano de Barcelona D. Ramón Berenguer, quien con título de príncipe de Aragón; fue, en virtud de la cesión solemne que en su favor otorgo Don Ramiro, verdadero monarca de este reino, uniendo a la Corona perpetuamente al dominio que por derecho propio gobernaba. Dª Petronila a la muerte de su marido en 1162 fue llamada a la regencia, pero a los diez meses renunció este cargo, colocando en el trono a su hijo D. Alfonso II, aunque solo contaba doce años; y antes había hecho testamento excluyendo de la sucesión a las hembras que pudiese haber de su enlace con D. Ramón.

Esto nos demuestra claramente que Felipe V no fue el primero en establecer la ley llamada Sálica y que al proclamarla como tal obró por interés o capricho, sino cediendo a la antigua costumbre y a la opinión de los antiguos grandes de Castilla que, en la antes citada contestación que dieron al Rey Fernando el Católico, sostenían que “el honor de la nación castellana, como tan militar, desdeñaría de que el reino, ganado y conservado a fuerza de espada y lanza, dependiese de la flaqueza de la rueca y aguja”.

Establecida, pues, como ley del reino la de sucesión o Sálica, siguió rigiendo y observándose fielmente desde Felipe V hasta la muerte de Fernando VII acaecida en Septiembre de 1833. Y no solo se observó sino que se ratificó, ya por el tratado de Viena de 20 de Abril de 1725, ya por Carlos III al fundar en 1789 el mayorazgo infantazgo del Gran Priorato de S. Juan en su hijo Don Gabriel; mandando que si este moría sin sucesión masculina, heredase el vinculo el infante segundo varón del príncipe de Asturias, y que no teniendo varón este hijo segundo pase a otro infante y se dote a las hembras.

A esto se opone la objeción que presentan los partidarios de la sucesión femenina, afirmando que la ley de 1713 fue derogada por Carlos IV en las Cortes de 1789. Pero, además de otras razones con las cuales se deshace completamente la objeción, tenemos que, aunque en aquellas Cortes se hubiese intentado la reforma no llegó a consumarse. Y aunque esto sucediera como no se ha publicado no puede tener fuerza de obligar; según el principio de derecho de que la ley que no está suficientemente promulgada no obliga.

A lo que replican los adversarios que la ha promulgado posteriormente y con toda solemnidad el rey Fernando VII en su pragmática de 29 de Marzo de 1830. Replica, que se destruye por si sola y de nada vale para su intento. Pues a mas de que no se concibe que una ley de tanta trascendencia estuviese oculta por espacio de 41 años, tenemos como prueba de hecho de que no llegó a ser atada como tal en 1789, la siguiente.

Habiendo dado a luz Carlos IV en 1805 el Código titulado Novísima Recopilación en que mandó reunir las leyes del reino que exigían observancia, se le propuso y se aprobó que el Reglamento de sucesión formado en las Cortes de 1713, fuese incluido como ley viva en dicho Código, donde es la 5ª del título 1 libro III correspondiente haciendo caso omiso de lo intentado sobre el particular en 1789; acto positivo que sin genero alguno de duda, destruye cuantos argumentos pudieran fundarse sobre el contenido de la pragmática de 1830 y papeles publicados en 1833.

Y para mayor confirmación de esto es prueba de que el mismo Fernando VII estaba convencido y su conciencia le dicta que su hermano D. Carlos María Isidro era el legitimo heredero de la corona, tenemos el codicilo que otorgó en la Granja hallándose postrado por el accidente que acometió en Septiembre de 1832; codicilo por el cual derogaba la pragmática de 1830 y restablecía la ley de 1713, que llamaba para suceder en el Trono a su hermano D. Carlos.

Después de esto, a saber, en 31 de Diciembre de 1832, las cosas volvieron al estado en que se hallaban a fines de Marzo de 1830, en virtud de la renovación que de este codicilo hizo dicho rey Fernando. Si esta renovación fue o no espontanea y hecha con toda libertad, no he ser yo quien lo juzgue, ni quien penetre en el sagrario de la conciencia. Bastante se ha hablado entonces sobre eso, sin que yo vaya ahora a descubrir el velo que oculta ese misterio.

No pasaré sin embargo en silencio un documento notable ya por la gravedad de los asertos que en él se vierten, ya por la elevada dignidad de la persona en cuyo nombre se expidió.

Una Real orden comunicada por el Conde de Toreno en 22 de Junio de 1835 exigiendo a Sr. Infante D. Sebastián Gabriel, que regresase a España (de donde hubiera salido en 1833) dentro de treinta días. A esta invitación contestaba por dicho Señor, su Secretario D. José Luis Tordera, desde Roma y con fecha 16 de Julio próximo siguiente, que dado el infante, “cediendo a sus naturales sentimientos de obediencia a las órdenes emanadas de la legítima soberanía, prestó juramento de fidelidad a la hija primogénita del rey Fernando VII, como heredera del Trono lo hizo persuadido de que el cambio en el orden de sucesión se fundaba en un derecho legitimo. “Desde aquella época (prosigue el oficio), el trastorno que se ha observado en la administración del reino, la resistencia de la nación española, que se ha manifestado en todas las provincias de la monarquía sobre todo un hecho de la mayor importancia, que ha llegado a noticia de S.A. R. después de la muerte del Monarca, y que se abstiene de revelar por ahora, han llamado la atención de S.A.R. y le han inducido a examinar muy seriamente este negocio”. Y en seguida “No ha necesitado mucho S.A.R. para convencerse de que, al prestar juramento a la hija primogénita del Rey, como heredera del Trono privaba a su tío el augusto Sr. D. Carlos de los derechos que le atribuía la ley de rigurosa agnación, sancionada por las Cortes y consignada en el nuevo libro de leyes por el Rey D. Carlos IV, a quien equivocadamente se supone autor de la revocación de la misma ley”. Los documentos de las Cortes de 1789, lejos de disipar las primeras dudas de S.A. R. le han conducido a comprender perfectamente lo que acabo de decir; y, sobre todo, ha visto con indignación y sorpresa que la pragmática de 1830 y boletines impresos de las Cortes, aunque pasan por copias comprobadas con los originales, presentan una diferencia real, precisamente en el único punto que requería la identidad más escrupulosa; y la criminalidad de esta diferencia se aumenta todavía por haber sido fraguada, según parece en aquella malhadada pragmática, por la mano que trató de imitar la letra cursiva.

Dejo a mis lectores que formen sobre esto los comentarios que se les ocurran, sin que yo añada una palabra más.

Creo, después de todo esto, que se puede afirmar sin temor de equivocarse que, al fallecer en 1833 el rey Fernando VII, era su hermano D. Carlos María Isidro la persona llamada por las leyes a sucederle en el Trono.

Así lo confiesan hasta los mismos liberales. El Diputado D. Gabriel Rodríguez hablando en el Congreso sobre la cuestión de legitimidad dijo al Sr. Jove y Hevia (1): “Debo decirle a S. S. que Doña Isabel II no ha tenido otra legitimidad que la que le dieron los que la defendieron en los campos de batalla contra las huestes carlistas, y que entre Dª Isabel y D. Carlos; en cuestión de legitimidad, creo que la ventaja es de este ultimo”.

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(1) Sesión del 9 de Junio de 1871

Sin embargo de las razones y derechos que a dicho infante asistían, fue jurada su sobrina Dª Isabel como próxima heredera de la Corona en 20 de Junio de 1830; tres meses antes de morir el Rey Fernando.

Invitado D. Carlos para que concurriese a aquel acto, contestó con la siguiente protesta:

“Señor: Yo, Carlos María Isidro de Borbón y Borbón, infante de España, hallándome bien convencido de los legítimos derechos que me asisten a la Corona de España, siempre que, sobreviviendo a V. M., no deje un hijo varón, digo: Que ni mi conciencia ni mi honor me permiten jurar ni reconocer otros derechos. Palacio de Ramallon, 29 de abril de 1830. – Señor. – A los R. P. de V. M. – Su más amante hermano y fiel vasallo.- M. el Infante D. Carlos”.

Y en carta autógrafa de la misma fecha decía D. Carlos, entre otras cosas, a S. M.: “Tengo unos derechos tan legítimos a la Corona, siempre que se sobreviva y no dejes hijo varón, que no puedo prescindir de ellos: derechos que Dios me ha dado cuando fue su voluntad que yo naciese; y que solo Dios me los puede quitar concediéndote un hijo varón … Además, en ello defiendo la justicia del derecho que tienen los llamados después que yo y así me veo en la precisión de enviarte la adjunta declaración, que hago con toda formalidad a ti y a todos los soberanos, a quienes espero se la harás comunicar”.

Muerto Fernando VII, el partido carlista emprendió la Guerra Civil, resuelto a recuperar con las armas el derecho que en justicia se le negaba. Robustecido con un poderoso ejército que voluntariamente acudía a incorporársele, y estando aun indecisa la victoria, vino sobre él un día aciago, que hizo se resolviera aquella a favor del partido liberal.

Rendido (y no vencido como falsamente quieren suponer algunos) por la infame traición de un General, cesó a los seis años la lucha, sino en todo, en gran parte al menos mediante el famoso Convenio de Vergara, celebrado el 31 de Agosto de 1839.

Reina, de hecho Dª Isabel 2ª, su tío D. Carlos María Isidro, primer jefe del carlismo, tuvo que retirarse a Francia, y en la emigración llorar los males que iban a sobrevenir a nuestra patria.

Sin renunciar jamás el derecho que le asistía, lo transmitió así integro a su primogénito D. Carlos Luis Mª. de Borbón y de Braganza, según formal abdicación que a su favor hizo en Bourges a 18 de Mayo de 1845, dándose a conocer en seguida este príncipe a los Españoles con el título de Conde de Montemolin.

Habiendo fallecido este sin sucesión alguna, heredó naturalmente el Trono español, su hermano segundo D. Juan Carlos de Borbón y de Braganza, casado con María Beatriz de Esla, Archiduquesa de Austria, hija de Francisco IV, Duque de Módena. Mas como este Príncipe, movido por las circunstancias, haya abdicado a su vez en su primogénito D. Carlos María de Borbón y de Esla (1); resulta que este es hoy la persona a quien por derecho legitimo y hereditario corresponde la corona de España; y por consiguiente el Jefe actual del partido carlista.

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(1) echa la abdicación en Paris, a 3 de Octubre de 1868

Hecha esta ligera reseña, veamos ahora cuales son los principios que proclama y pueden considerarse realmente dignos de un Príncipe católico.

Para esto no tenemos más que examinar los manifiestos con que se dio a conocer a los españoles.

El primero y principal es el que en forma de carta dirigió desde Paris con fecha 30 de Junio de 1869  a su hermano D. Alfonso.

Basta leer, en efecto este notable documento para convencerse de los sentimientos católicos del Sr. Duque de Madrid; y de que la monarquía que bajo su cetro quiere establecer ha de ser una monarquía verdaderamente cristiana.

España no quiere, dice, que se ultraje ni ofenda la fe de sus padres; y poseyendo en el catolicismo la verdad, comprende que, si ha de llenar cumplidamente su encargo divino, la Iglesia debe ser libre”. Y más adelante añade: “Mi pensamiento fijo, mi deseo constante, es cabalmente dar a España lo que no tiene, a pesar de mentidas vociferaciones de algunos ilusos; es dar a esa España unida la liberad que solo conoce de nombre; la libertad que es hija del Evangelio, ni el liberalismo que es hijo de la protesta; la libertad que es al fin el reinado de las leyes, cuando las leyes son justas; esto es, conforme al derecho de naturaleza, al derecho de Dios”.

Así habla el Jefe del partido carlista, de esta manera manifiesta cuáles son sus aspiraciones y deseos. Compárese este programa con el de los otros partidos políticos que militan en España, y dígasenos de buena fe, a cual sino a este hemos de acogernos los españoles carlistas; cual sino este está conforme con la moral cristiana, con la doctrina católica, única que puede hacer la felicidad de nuestra desventurada patria.

Pero si estos son los sentimientos de D. Carlos, en nada difiere de ellos su conducta y modo de obrar, desde entonces acá, y en medio de las violentas convulsiones porque ha pasado la España desde la funesta revolución de Septiembre. Siempre alerta y vigilante cual cuidadoso piloto en medio de los otros mares, observa aunque emigrado en suelo extranjero; el rumbo que toma la nave de la que se considera Capitán, y cuando ve que tropieza contra un escollo allá va él enseñándole el verdadero camino.

Así, en efecto, hemos visto que cuando se trató de romper la unidad católica que tanto honraba y distinguía a nuestra patria, al momento acudió D. Carlos con su protesta, confesando ser uno de los timbres más glorioso para ella.

Si en el Congreso ve que se ataca a la Santísima Trinidad, se insulta a Jesucristo y a la Virgen María; a más de la protesta que en su nombre y en el de todo el partido hacen los diputados carlistas, viene él por su parte con la suya, adhiriéndose en todo a la de estos.

Llega el Concilio Vaticano, y cual hijo sumiso de la Iglesia, acata y confiesa todo lo que aquella define y enseña.

En suma, siempre que se le ha presentado ocasión, no vacila en declarar y llamarse con orgullo Rey cristiano, católico, apostólico, romano y en salir a la defensa de la Iglesia siempre que la ve ultrajada. Véanse, repito, las diferentes protestas que en  este sentido tiene dirigido; entre otras la fechada en Tours el 8 de Diciembre de 1870, en que se leen estas palabras, con motivo de la elección de Don Amadeo de Saboya para rey de España: “Protesta contra el ultraje que se causa a la fe de España, buscando cabalmente ese rey en el hijo del que está hiriendo al Catolicismo y a toda la cristiandad en la augusta y santa cabeza de Pio IX, Vicario de Jesucristo en la tierra”.

En cierta ocasión hablando con el Sr. Aparisi y Guijarro decía: “Si soy rey no consentiré que directa ni indirectamente se ataque la fe de nuestros padres; la Iglesia será libre; la doctrina del Evangelio debe vivificar nuestras instituciones y su intima y verdadera Constitución de España; sabe decir, con acentos dignos de un Rey; que si cupiese en lo posible que arrojase al suelo esa bandera, dejaría sobre ella su corona”.

CONCLUSIÓN

Queda, pues probado que ninguno de los partidos políticos que en España se disputan el poder, puede abrazarse sin dejar de ser católico, exceptuando el partido carlista. O lo que es igual, que ni los republicanos sean unitarios o federales, ni los demócratas con su cimbreria, NI LOS PROGRESISTAS llamense o no radicales, ni los unionistas sean o no fronterizos, ni por ultimo los moderados en sus diversas fracciones, pueden ser católicos dentro de los principios o credo político que cada uno de ellos proclama; y en general, que ningún liberal puede ser católico.

¿Qué resta pues?

Acogerse todos al verdadero y único partido dentro del cual se puede vivir y morir católico, apostólico, romano; al único partido que puede salvar a España del cataclismo inminente que la amenaza y que pronto, muy pronto, va convertirse desgraciadamente en realidad, sino ponemos también pronto, muy pronto el  remedio. El remedio, único, entendedlo bien, que tenemos es agruparnos todos y abrazarnos a la bandera tremolada por D. Carlos de Borbón de Esla.

Ella es la única que puede darnos la paz y restituirnos la moralidad y la justicia, que tan ultrajadas se hallan y casi podemos decir relegadas al olvido.

Ea, pues, españoles honrados, hombres de buena fe que aun sentís en vuestro corazón una chispa de la divina gracia, que aun percibís en vuestra razón un destello de la luz celestial, hombres, en fin, cuya conciencia no está del todo amortiguada; sintiendo de vez en cuando el aguijón punzante que os llama al buen camino, retroceded; volved los ojos atrás y mirad qué vais errados; abridlos bien hacia adelante y mirad el abismo que os espera y en el que sin remedio vais a precipitaros.

Ciudadanos leales, en quienes la idea de pactismo no se ha extinguido por completo, despertad, salvad a vuestra patria que perece.

Bajo la bandera de D. Carlos VII cabéis todos hasta los mismos que habéis jurado la dinastía de Saboya; porque la dinastía de Saboya, si ha de ser consecuente con su tradición tiene que reconocer en D. Carlos VII el heredero legítimo del Trono español. Así lo ha reconocido Carlos Alberto, augusto abuelo del que habéis jurado por rey de España. Así lo ha reconocido también el padre de este e hijo y sucesor de aquel en la corona Víctor Manuel. Y para que no lo pongáis ni siquiera un momento en duda, ved las cartas autógrafas que estos dos Soberanos han escrito al abuelo y tío respectivo de D. Carlos VII.

CARTA DIRIGIDA POR EL REY CARLOS ALBERTO AL SEÑOR D. CARLOS V

Mi muy querido hermano y primo, acabo de recibir la carta que habéis tenido la bondad de remitirme por conducto del conde Alcudia y me apresuro a manifestaros la satisfacción que me ha causado. V. M. conoce perfectamente la alta estima que me inspiraron sus raras virtudes; así como los sentimientos que le expresé, de mi modo completamente particular, desde el momento que tuve la dicha de conocerle personalmente; así no dudará V. M., yo lo espero, del vivo interés que constantemente he tenido por la causa santa de la legitimidad en España y el mantenimiento de los derechos de V. M. que a mi juicio han sido siempre incontestables. El reconocimiento formal de esos derechos por parte de las potencias, ha sido siempre el objeto de mis votos, y si me abstengo aun de tomar puntualmente la iniciativa, proclamándolos por mi parte, es únicamente por la seguridad en que estoy de que tal declaración colocándome en una posición aislada entre mis aliados, disminuiría la eficacia de los pasos ulteriores que deseo poder dar cerca de ellos para obtener de su parte aquella determinación. Tengo la esperanza fundada de que las instancias directas, que Vuestra Majestad ha tomado la sabia resolución de dirigirles, no tardaran en tener feliz resultado, y con esta esperanza aprovecho muy gustoso la preciosa ocasión que ha tenido a bien presentarme para ofrecer a V. M. nuevas seguridades de la alta consideración, y sentimientos los mas afectuosos, con los cuales soy, mi querido hermano y primo, de V. M. el mas afectísimo hermano y primo.

Carlos Alberto

Turín 1º de Mayo de 1834

CARTA DIRIGIDA POR EL REY VICTOR MANUEL AL SEÑOR DON CARLOS VI

Señor mi hermano y primo: Doy gracias a V.  M. por la molestia que se ha tomado escribiéndome y por la parte que V. M. y su familia toman en nuestra desgracia. Desgracia que llena la medida de tantas como nos agobian hace mucho tiempo.

Ruego a V. M. que sea el intérprete de mis sentimientos con toda su familia, y que crea que soy siempre de V. M. el buen hermano y primo.

Víctor Manuel

Moucalier, 27 de Octubre de 1849

¿Cómo, pues, en vista de esto, el nieto e hijo de esos Soberanos puede, sin faltar a la tradición de sus mayores dejar de reconocer la legitimidad de D. Carlos VII, que no han dudado un momento en reconocer directamente su abuelo Carlos Alberto e indirectamente su padre Víctor Manuel dándole a Carlos VI el tratamiento de Majestad?

Desengañaos, desengañaos, que las legitimidades no se fundan, ni las dinastías se establecen sólidamente con solo los votos, más o menos voluntarios de ciento noventa y una personas; y aunque queráis suponerlos mayoría absoluta de un pueblo que cuenta más de diez y seis millones de habitantes, ya os he referido lo que dice la Sagrada Escritura en el libro del Éxodo (1) respecto de tales mayorías. Desengañaos, repito, venid sin recelo al partido que representa Don Carlos de Borbón. El os está esperando con los brazos abiertos. No os detengan no, falsas preocupaciones, ni el miedo de retroceder. El os dará la verdadera libertad que hasta ahora bien lo sabéis, no habéis hallado, ni hallareis fuera de su bandera. El no se opondrá al legitimo progreso en todo aquello que esté sujeto a perfección y que, por disposición del omnipotente no esté declarado como verdad inmutable. Abrid los ojos, mirad bien a donde vais. La Internacional llama a vuestras puertas, o mejor dicho, esta ya dentro de sus umbrales. El infierno se abre para recibiros en su seno. No temáis, no, el retroceder. Siempre fue laudable en el que hace el mal el arrepentimiento. Lejos de ser en eso cobardes, os acreditareis  por los más valientes venciéndoos a vosotros mismos y a los falsos halagos que os ofrece el mundo corrompido. Decidíos, pues; o renegar de la fe católica que han profesado y os han legado vuestros padres, o seguir la bandera de Carlos VII. O católicos o no españoles. O carlistas o no católicos.

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(1) Véase la página 79

ANTONIO VIDAL NEIRA, LALIN, 26/08/2014

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