ULRICO FOCIÑOS DE VALENZUELA


Ulrico Fociños de Valenzuela Bardalonga, natural de Lalín, casado con la heredera del Pazo de Borraxeiros, doña Carmen Salgado, hija de José Salgado, pasando los Fociños a ser los señores de Borraxeiros. En las últimas décadas del siglo XIX, Ulrico y su familia vivieron en Lalin, donde, desempeñó un importante papel en la vida política y social de la Villa, siendo un destacado abogado. Fue presidente del Casino, cuatro veces, entre los años 1894 y 1914, en el año 1900, se derrumbaron las paredes del edifico destinado a Casino y el Sr. Fociños, presidente en esa fecha, hizo frente a la situación, pidiendo un crédito de 15.000 pesetas, comenzó la construcción de un nuevo edificio para el Casino. En octubre de 1885 tomó posesión del cargo de Juez Municipal de Lalín, nombrado por ser el abogado más antiguo. Fue director del periódico lalinense “El Deza”, periódico de la izquierda liberal que se publicaba dos veces al mes en la Villa.

Pazo de Borraxeiros

Pazo de Borraxeiros

Compaginó las actividades que realizaba en Lalín con el cargo de Alcalde de Golada, estando incondicionalmente a las órdenes de D. Eugenio Montero Ríos, presidente del partido liberal. Siendo alcalde de Golada José Diéguez Fernández, presidente de la Sociedad Agraria de Golada, fue acusado de incendiar dos casas  propiedad del señor Fociños por venganza.

Le gustaba escribir, entre sus escritos, destaca un interesante artículo sobre el Monasterio de Oseira, en el que describe la situación de ruina  y abandono en que se encontraba a finales del siglo XIX; fue publicado en el periódico “La Ilustración gallega y asturiana”, n 29 y 30, en año 1879. El articulo volvió a ser publicado por la revista “Aires da Miña Terra”, dirigida por Manuel Novoa Costoya, en Buenos Aires, en el nº 9, en Julio de 1908.

Lo trascribimos porque el articulo fue escrito por un ilustre hijo de Lalin y por el importante valor histórico, ya que nos traslada al año 1879, recordando lo grandioso y esplendoroso que fue el Monasterio de Oseira en los siglos anteriores a su abandono por los monjes y describe detalladamente cómo se encontraba, en esa fecha, totalmente abandonado y destruido. En el año de 1835, como consecuencia de la exclaustración provocada por la Desamortización de Mendizábal, los frailes dejaron el conjunto monástico, que quedó totalmente abandonado. Ello propició el expolio del lugar, comenzando una progresiva ruina de su arquitectura y el expolio de sus obras de arte muebles. Los monjes volvieron de nuevo en 1929, comenzando entonces una titánica y exitosa  reconstrucción y recuperación del conjunto monacal, recuperando, en parte, el brillo de lo que fuera.

Las casas situadas al lado del convento, la llamada del Molino y la del Horno, pasaron a poder de otro ilustre lalinense, el abogado y diputado a Cortes en el año 1867, D. Ramón Villar Ulloa, padrino del D. Ramón Aller y tío del famoso jurisconsulto D. Ramón María Ulloa Pimentel, contrario a la facción política que capitaneaba en Lalín D. José Crespo Villar, jefe del partido liberal.

 EL IMPERIAL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE OSERA

Fachada del Monasterio

Fachada del Monasterio

En la cañada que forman las sierras de Martiñá y Penabico, arrulladas por el murmullo de un río que serpentea entre sus riscos hechos montañas de espuma y a unos treinta kilómetros de Orense, háyanse erguidas y soberbias las ruinas de un monasterio imperial: es Santa María de Osera.

Al contemplar desde la cima del  monte moles parduzcas que marcan una silueta anómala y caprichosa sobre la planicie en que descansa; al ver millares de huecos, sin maderas ni cristales, abrirse de un modo simétrico en los inmensos lienzos del convento para enseñar pedazos de cielo entre sus jambas y al distinguir las torres que coronan su iglesia, mutiladas por el rayo, sosteniendo con trabajo enormes bolas donde elevaron sus antiguos dueños la aristocrática cruz de Calatrava, el alma del que mira se eleva y se abstrae. La imaginación, en su vuelo indefinido, retrograda un siglo.

Aquel cuadro fósil cobra vida, las ruinas se restauran y completan por encanto y el Escorial de Galicia, como llamaron nuestros abuelos a este monasterio, aparece ante la vista en sus tiempos de esplendor. El toque sonoro de las campanas, que al doblar sobre las férreas armaduras resuenan en ecos misteriosos llamando a la oración; las figuras esbeltas y elevadas de los monjes, atravesando envueltos en los hábitos del Cister los claustros del convento; el aspecto grave y severo de iglesia; los cantos monótonos del coro; la armonía derramada a torrentes por un órgano de múltiples registros; el Abad celebrando de pontifical con el báculo y la mitra cuajada de esmeraldas y topacios o ejerciendo la jurisdicción de los “Señores”; el ir y venir de los legos y vasallos, todo esto se aparece ante la mente de modo análogo a las sombras de una colosal linterna mágica, contrastando con los recuerdos de intrigas, de luchas y combates que fueron urdidas o acaecieron tras aquellos derruidos paredones.

Puerta de entrada al Monasterio

Puerta de entrada al Monasterio

Fundado por el Emperador Alfonso VII, a instancia de su dudo San Bernardo y del Conde de Galicia D. Fernando, tuvo origen este establecimiento religioso en el  año 1137, bajo la advocación de Santa María de Osera y sujeto a la orden del Cister, cuya regla observaron desde su principio los monjes. Fue y llamóse D. García su primer Abad, a quien como tal donó el Emperador, por medio de una real cédula fechada en Toledo, el monte de Osera en el radio de una legua, siendo general creencia, no ya sólo que estuvo inhabitada e inculta tan agreste hasta la llegada de los monjes, sino que recibió este nombre de los muchos osos que vivían entre las breñas, razón por la cual forman las armas de esa casa dos de aquellos animales en pié, apoyados sobre un pino.

Desde su estatuición, la comunidad monástica adquirió y tuvo gran nombre. Al poco tiempo envió ya parte de los monjes a fundar otra casa en Portugal, que se llamó Santa María de Junias, recabó del Pontífice Adriano IV en 1151 la facultad de nombrar Abad por elección a sus hijos, a pesar de lo dispuesto expresamente en las constituciones de la orden; recibió de varios monarcas la confirmación de sus privilegios; tuvo entre sus asociados a San Famiano, primer cisterciense que mereció la honra de la canonización; fue visitado por Alfonso IX en 1209; hospedó a la reina de Castilla Doña Juana en 1353; contó entre sus Abades o Generales de la orden, Cardenales y Obispos; acumuló rentas procedentes de compras, donaciones y regalos y prosiguió aumentando sus temporalidades por el camino de la prosperidad con tal fortuna, que algunos siglos después tenía en Galicia, amén de una jurisdicción señorial extensa, diez y siete prioratos dependientes suyos, regidos por monjes de la casa, el de Junias en Portugal y ayudaba a la fundación y sostén de colegios en Madrid, Salamanca y Alcalá (1).

De estas pasadas grandezas sólo resta hoy al viajero la enorme osamenta del monasterio que, descarnado por la rapiña de los pueblos comarcanos, es un montón de ruinas. Por eso no encontramos palabras bastante duras con que acriminar la avaricia de los que, a trueque de un lucro mezquino y miserable, han destruido joyas artísticas de inapreciable valor, persiguiendo los pedazos de hierro o de metal hasta en las entrañas de las piedras y logrando en pocos años lo que el tiempo con su mano destructora hubiera tardado en hacer algunos siglos.

Monasterio de Oseira

Monasterio de Oseira

Forma la antesala de honor del monasterio una gran plaza cuadrada, que apellidaban los monjes de la Concepción. Penetrase en ella por una puerta espaciosa practicada en la muralla, que la cierra por uno de sus lados y desde allí presenta un aspecto que admira y sorprende. El frontis principal le ocupa la fachada del convento, de unos 230 píes de longitud por 90 de altura, revestido desde la cima hasta el fondo de almohadillas cuadrangulares de pequeñas dimensiones que se destacan en relieve de los entrepaños y le dan un aire de elegancia indescriptible. Consta de tres cuerpos. El primero ofrece de notable dos esbeltas columnas salomónicas que adornan el arco de la entrada y algunas esculturas a que estuvo adherida una cadena de cantería, construida de forma tal, que sus eslabones, todos ellos de una pieza, jugaban unos en otros. Parecía cincelada por los genios. La barbarie la hizo trizas a pedradas. En el segundo campea, abierto en piedra berroqueña, sobre águilas explayadas con corona imperial, en memoria de su egregio fundador y sostenido por leones, un escudo que tiene esculpidas las armas reales. Luces proporcionadas y equidistantes y caprichosos releves embellecen el resto de la obra. Un cornisamento adornado con efigies de patriarcas cistercienses completa esta fachada, que concluye destacándose de un semicírculo que se eleva en el centro la estatua simbólica de la Esperanza. En conjunto, el trazado es majestuoso y la ejecución perfecta, si bien se resiente del gusto arquitectónico que dominaba a principios del siglo XVIII, de cuya fecha data.

El resto del monasterio lo constituyen tres claustros fabricados en distintas épocas. El principal, que es el más moderno, se hizo al  mismo tiempo que la fachada de que forma parte. Alzábase en su centro una fuente monumental de piedra y bronce, que hoy se admira en el Posío, bello paseo de la ciudad de Orense, adonde fue trasladada. Arcos elegantes de estilo greco-romano sostienen las bóvedas.

Fachada lateral

Fachada lateral

Desde ellas entrase en un zaguán espacioso, de donde parte la escalera principal del monasterio. Es regia y consta de un solo tramo. Sobre éste elevase otra bóveda labrada con perfección, en la que hay abiertas luces. Seis camarines con efigies de santos de la orden, de gran tamaño, la adornan. En el segundo piso se halla la celda Abacial, compuesta de un salón y otras dependencias, que estuvieron amuebladas con lujo y decoradas con pinturas notables, la hospedería y el archivo.

Sus estantes eran un prodigio de tallado. Es la parte del convento que mejor conservada está. La habitan el cura párroco y algunos monjes, que no han tenido valor para abandonar en la desgracia aquel mimoso rincón que vieron en la opulencia y que hoy enseñan a los viajeros con lágrimas en los ojos. A continuación se encuentra la cocina, proporcionada a la suntuosidad del edificio y pared en medio el refectorio, que es de lo más bello que tiene el monasterio. La bóveda que le cubre, cuajada de arabescos, revela el ingenio de un artista. Colgada en uno de los testeros se ve todavía un trozo de cuadro denegrido. Son los restos del magnífico lienzo “La Cena del Salvador”, debida al pincel de un monje, según opinaban sus colegas. La actitud de las figuras y la perfección del colorido le daban grande valor. Desapareció de allí. Un corredor construido sobre arcadas, de cuyo balconaje no queda nada en pié. Servía de solaz por aquel lado a los monjes. El segundo claustro es de fecha más antigua, y probablemente el primitivo. No ofrece otra cosa que una bóveda bien hecha y en su cornisa algunos medallones con bustos de relieve. Al tercero y último, le nominaban el dormitorio. Columnas de orden toscano sostienen sus bóvedas, que ya amenazan ruina: el capítulo, la biblioteca con esculturas y estantes de castaño trabajados con primor, algunos de cuyos libros y manuscritos notables se conservan en Orense y un cuerpo que tiene tres bóvedas de medio cañón, superpuestas en otros tantos pisos, se encuentran allí cerca. Sobre el claustro, sin techumbre, están las celdas cubiertas de maleza. Por grande que sea el dormitorio que quien las contemple tenga sobre sí, no es factible desechar una dulce melancolía que embarga y detiene. Aquellos espacios iguales, que se confunden y parecen los nidos de un palomar inmenso, albergaron durante algunos siglos a los depositarios del saber. Acaso entre sus muros se habrán descubierto y concebido verdades y teorías que hoy pasan por flamantes. Tal vez tras ellos las ciencias avanzarían a pasos gigantescos por la senda de la perfección y del progreso. Minerva, aterrorizada por los bárbaros, buscó y halló amparo entre los monjes. Sin las vigilias de estos sabios, Platón, Aristóteles, Marco Tulio y Justiniano se hubieran perdido; la civilización y la cultura, de que el vulgo les supone antítesis, se hallaría en germen y la libertad, de que somos entusiastas partidarios, no hubiera alboreado.

Pasó ya el período de echar en cara a las órdenes monásticas vicios sin reconocer virtudes. Tuvieron unos y otros. En un momento histórico cumplieron como buenas. Fueron héroes en su esfera. Entonces ellas lo simbolizaban todo. Hoy su existencia pasada sería un absurdo.

En la plaza, unida al frente principal del monasterio haciendo con él un ángulo, se alza la iglesia, consagrada en el año 1239 y lo único que se salvó del voraz incendio que redujo a cenizas el convento tres siglos después. La fachada del templo es, sin embargo, de fecha posterior. Al  Abad D. Fray Félix de Bárcena cupo la gloria de haberla concluido a mediados del siglo XVI. Almohadillada como la del convento, consta de un cuerpo dórico y otro jónico, coronado por dos torres que miden más de doscientos pies de altura. La balaustrada y la cúpula de la de la izquierda han sufrido mucho a consecuencia de una chispa eléctrica. Era donde está el reloj, que hoy tienen en un Ayuntamiento cercano, casi por conquista.

Interior de la Iglesia

Interior de la Iglesia

El plano de la iglesia es una cruz latina formada por dos naves. El coro bajo  ocupa la del centro. Arcos de medio punto de estilo gótico apoyados en pilares de orden toscano sostienen bóvedas atrevidas y dignas de mención. Adornos y molduras, ramajes y florones se ven allí esculpidos sin orden ni concierto, confundiéndose, enlazándose, trazados al azar. El que sienta en ser algo de artista, no puede menos de extasiarse ante la bóveda que forma el piso del coro alto. Aquello raya en lo sublime. Son partos que el cincel produce pocas veces. Perfectamente plana, sin inclinación ni curvaturas que favorezcan el sostén del peso, atraviesa la nave en una extensión notable, simulando los dibujos del damasco. Es tradición que allá en el silencio de la noche los espíritus celestes dibujaban los contornos que abrían por el día en la piedra los artífices. No repugna el darle fe. Hay perfiles que revelan ese origen. A las flores sólo les faltan el aroma y el color.

Encima se encuentra el coro desmantelado, sin barandaje, teniendo a su izquierda el esqueleto de un órgano. La soberbia sillería, de palo de rosa, con tallados primorosos de orden corintio, está en la Universidad de Santiago, donde le dieron un hospedaje digno.

La media naranja que cierra el centro del crucero está apoyada sobre cuatro arcos, tiene pintados al fresco en derredor retratos de santas de la orden y se hizo en el siglo XIV, según revela la siguiente inscripción hallada en una teja del cimborrio en tiempo de los monjes:

Era M.CCCXXXX.III. días andados de Junio. Su traducción es como sigue: Era de 1340 a 3 de Junio, o sea, año de 1302.

El presbiterio se alza sobre el nivel del piso y ocupa una rotonda circular, al aire, sostenida por arcadas, dejando por la parte posterior un intermedio espacioso que la separa del muro, en el que hay cinco capillas embutidas, cuyos retablos de piedra imitando jaspe están bien hechos. La del centro tiene el techo abovedado. El altar mayor, churrigueresco, muy cargado de hojarasca, no puede alcanzarse hoy lo que en su tiempo seria, porque es grande el deterioro en que está y se ven por todas partes columnas y figuras desprendidas. Era dorado todo él y revela mal gusto en el conjunto, ofreciendo la particularidad, a imitación de algunas catedrales, de que a espaldas del frente principal había otro altar dispuesto también para el Santo Sacrificio. Una imagen de la Virgen de la Asunción, atribuida a Moure, el escultor gallego, se venera allí. No está, sin embargo, comprobado este aserto y robustece más y más la duda el que la obra no corresponde a la fama de su presunto autor.

La sacristía es también un lindo departamento que los monjes habían enriquecido con esmero. El erudito Fray Tomas de Peralta, hijo de esta casa, la describe en una de sus obras tal cual era en el siglo XVII, de3l modo que a continuación se expresa:

“No es fácil que haya muchas mejores, así en la obra como en el adorno. Aquella es un cuadro perfecto de cuarenta y siete pies; la bóveda admirable, cuyos lazos se fenecen en cuatro pendientes a que otras tantas columnas istriadas sirven de base, que lo reciben y las sostienen en la posición que están en cuadro también y en medio della, mas es hermosura que embarazo. La testera adorna tres altares y los retablos medias tallas y brazos de santos que sirven de cajas con sus viriles a las reliquias dellos. En medio, a la mano derecha, está el cajón de la plata y a los dos lados otros dos altares; otros dos a la parte por donde entramos, quedando la puerta en medio. El lado izquierdo ocupa los cajones con su coronación harto buena. Por todas partes (fuera de cuatro espejos grandes) no se ve otra cosa que relicarios primorosos y laminas riquísimas”.

Hoy solo resta la bóveda, porque no fue posible el sustraerla. Lo demás, o está carcomido o lo han robado. Da dolor el ver aquel montón informe de miembros de santos y guerreros. Parece un campo de batalla después de la victoria y el saqueo.

De las ricas alhajas que allí había no ha quedado ni el sitio. Un hermoso crucifijo de marfil de tres pies de longitud, la mitra del Abad cubierta de pedrería y algunos ornamentos de gran merito, bordados con oro y sedas a realce sobre tisú y terciopelo, que envidiarían muchas catedrales,, sirven de muestra para indicar lo que el monasterio ha sido. Son los brillantes despojos de su pasado grandioso.

Botica y jardín botánico, huertos, bosques y molinos, todo, en fin, lo que podía ser útil o necesario a la vida, teniendo allí de ex profeso, revelando en sus detalles la opulencia del convento; y hasta el Juez, el Escribano y el Médico, vivían también confinantes, cual centinelas avanzados de la villa de Osera que pueblan aun hoy más de cien vecinos.

Por último, frente a la iglesia, formando el cuarto lienzo de la plaza, estaban los monjes construyendo, cuando fueron exclaustrados, un gran edificio destinado a Seminario, que ahora convierte en elegante chalet el distinguido jurisconsulto D. Ramón María Villar Ulloa, su dueño actual.

En resumen, el Monasterio de Osera, el Escorial de Galicia, ese rico joyel de nuestro antiguo reino que por su grandiosidad histórica y artística debía conservarse y que aquí dejamos bosquejado a la ligera, está llamado a desaparecer antes de poco. Dentro de algunos años no habrá ya ni un vestigio y solo abultadas por la fantasía popular se transmitirán de generación en generación consejos y recuerdos de su existencia pretérita. La iglesia, a quien la escasa asignación que el Estado da a las parroquiales, entre las cuales figura, no basta para impedir que el agua se filtre en sus bóvedas, vivirá algún tiempo más … de limosna.

Si cuando se suprimieron las órdenes religiosas los Gobiernos hubiesen fijado su atención en aquellos edificios magnos, se convencerían que eran susceptibles de convertirse en colonias penitenciarias, en manicomios, en presidios o en otros establecimientos de que carecemos en Galicia. No lo hicieron y ahora es inútil lamentarse.

El monasterio sobre cuyas ruinas escribimos estas líneas, ha sido cual cosa deshojada por los caprichos de una niña consentida. Aquí la niña fue el pueblo, el de la culpa el Estado y la victima el país.

(1) Fundación, antiguedades y progresos del imperial monasterio de Nuestra Señora de Osera, de la orden del Cister, por Fray Tomás de Peralta.-Madrid, 1672

ULRICO FOCIÑOS DE VALENZUELA,  Osera, Septiembre de 1879

Antonio Vidal Neira, Lalin, 30/1/2015  –   PUBLICADO EN FARO DE VIGO, EL 08/03″015

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Un pensamiento en “ULRICO FOCIÑOS DE VALENZUELA

  1. Que ben traballas en Madrid. Felicidades de novo! ánimo para seguir sacando a luz os nosos ilustres persoeiros de Deza.
    Cando volves para Lalín?

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