ELOGIO DEL EXCMO SEÑOR DON FELIPE GIL DE TABOADA


 Elogio del Excmo. Señor Don Felipe Gil Taboada, Consejero de Estado del Rey D. Felipe Quinto, Gobernador del Real y Supremo Consejo de Castilla y Arzobispo de Sevilla.

D. Felipe Antonio Gil Taboada

D. Felipe Antonio Gil Taboada

En el Archivo Histórico Nacional de Madrid dentro de la unidad Colección Códices y Cartularios se guarda un Códice que es una recopilación de documentos antiguos titulado “Relación de algunas casas y linajes del Reino de Galicia”, escrita por Vasco de Aponte, signado como CODICES, L. 1055, que sacó del original  que estaba en la biblioteca del Señor Condestable de Castilla, y que poseía D. Gaspar Ibáñez de Segovia. En 1859 D. Feliciano de Puga, copió un elogio de D. Felipe Gil Taboada,  que trascribimos para un mayor conocimiento de este insigne lalinense, gloria política y religiosa de nuestra tierra de Deza, que nació en el Pazo de Bergazos en 1668 y murió en Sevilla en 1722. El documento lo he trascrito conservando la forma de expresarse y de escribir de la época en que fue escrito, realizando algunos cambios para una más fácil  lectura y comprensión.

El manuscrito con el elogio, se conservaba en el Pazo de Liñares, en tierra de Deza, parece que fue escrito por Antonio Gil Taboada, sobrino del elogiado y Feliciano de Puga fue el que lo localizó, en Cambados, el año 1840 y lo mandó copiar: Este Elogio del Excmo. Señor Don Felipe Gil de Taboada, es copia de un manuscrito que conservaba en el Archivo de su casa de Liñares, tierra de Deza, mi tercer primo don José Taboada y Mondragón. Trajolo a Cambados en Julio de 1840, habiéndose servido prestármelo, lo hice compulsar; el amanuense no sabe ortografía, lo llenó de faltas, y aun así me ha exigido doce reales por su pésimo trabajo, por cuyo precio se adquiere un libro regular en magnitud. Me he tomado la prolijidad de corregirlo. Parece lo compuso, don Antonio Gil Taboada, hombre de talento, abogado, sobrino, del elogiado, que estuvo en el extranjero mucho tiempo  y viajando.

            Elogio del Excmo Señor Don Felipe Gil de Taboada

Escudo de los Gil Taboada que preside el Pazo de Bergazos

Escudo de los Gil Taboada que preside el Pazo de Bergazos

Todas las naciones cultas, han tenido siempre el mas especial cuidado de conservar, ya por monumentos públicos, ya por tradición verbal, o escrita la memoria de aquellos hombres insignes, que por su gobierno, sus hazañas, sus escritos o por la utilidad de sus invenciones han coadyuvado a la tranquilidad, seguridad, instrucción y comodidades de la Patria. Esta atención, que a primera vista, puede parecer un efecto solamente de el reconocimiento, tiene otra causa más superior y está fundada sobre las mas bien concertadas ideas de una Política, sana, y bien entendida procurando por estos conservar siempre viva entre los ciudadanos, la imagen, los hechos y las virtudes de los que han contribuido al bien y esplendor de la sociedad, se emplea el estímulo más poderoso y que con mayor eficacia puede obrar sobre las almas nobles, para excitarlas a la imitación de estos insignes varones, que serán el honor eterno de su Patria, y el más digno modelo que puede proponerse para imitación de su posteridad.

A ejemplo de lo que se ha practicado en estos Pueblos a fin de estimular a los Ciudadanos a la imitación de las grandes acciones, y de todo lo que puede contribuir a la mayor prosperidad de la Patria; acaso no sería inútil se practicase lo mismo en las familias, no descuidándose formas de anotar, y recoger escrupulosamente todas las noticias pertenecientes a aquellos individuos que las hubiesen ilustrado por medio de escritos, invenciones gloriosas acciones, otros cualesquiera servicios consagrados, especialmente al mayor bien y utilidad de la sociedad. Sin duda resultarían de semejante practica, grandes ventajas a los familiares; por que así como es incontestable, que la memoria de los Héroes y Varones ilustres que han engrandecido a una Nación, es el medio más eficaz para encender y perpetuar en ella la más noble emulación y una especie de entusiasmo, siempre necesario para la ejecución de las gloriosas empresas, por el mismo principio se puede, y debe concluir, que la noticia de los hechos, talentos y virtudes consagradas por cualquier ciudadano al bien de la Patria, conservada religiosamente en la memoria de sus descendientes, necesariamente debe imperar en sus corazones, más o menos según el carácter diverso de las personas, el amor de las cualidades útiles al servicio de la Patria, el deseo de una reputación gloriosa, y últimamente este noble esfuerzo, y esta justa estimación de nosotros mismos o iguales, pero ni obviamente a la ejecución, sin la cual es imposible, no digo exceder, de las grandes acciones, que han servido de alas a nuestros mayores, para volar hacia una gloria inmortal.

Sin embargo, entre el influjo que puede tener en una nación la memoria de los hombres celebres, que la han engrandecido y el que debe inspirar en las familias la noticia de los varones que las han ilustrado, hay siempre esta diferencia, de que en cualquier Nación, a menos que su forma de gobierno no inspire un gran amor patriótico, obra con muy poca autoridad la memoria de los grandes hombres, para estimular a la imitación de sus acciones; pero en una familia que tiene la gloria de contar entre sus ascendientes, uno, dos, o más varones, que se han distinguido por servicios de cualquier especie, practicados en obsequio y utilidad de la Patria, no puede dejar de influir poderosamente su ejemplo, cuando que no sea para distinguirse por su merito igual al suyo, a lo menos para no desmerecer por sentimientos vagos y acciones indignas la gloria y estimación, con que la Patria recompensa los servicios de sus bienhechores, en las personas de sus descendientes, un pequeño número de excepciones a este principio no destruye la regla general.

Ruinas del Pazo de Bergazos

Ruinas del Pazo de Bergazos

Si acaso no me engaño, son más que suficientes estas reflexiones, a fin de hacer sensible la utilidad que generalmente resultaría a las familias esclarecidas, del cuidado de conservar y perpetuar la memoria de aquellos que las han hecho tales. Estoy firmemente persuadido que este será siempre el medio más infalible de estimular a la nobleza a la imitación de sus ilustres Progenitores, contribuyendo al mismo tiempo a confundir el orgullo mal fundado de aquellos, a quienes una ridícula preocupación llega a persuadir, que sin virtudes, ni talentos, basta un nacimiento ilustre, para adquirir un derecho incontestable a la estimación, y aprecio de nuestros semejantes, sin querer acabar de convencerse, que al que tiene el honor de descender de Progenitores ilustres y la infelicidad de no imitarles, le ridiculiza la vanidad igualmente, que aquel que no teniendo con que cubrir sus carnes se ensoberbece por la sangre ilustre que corre en sus venas.

Estas consideraciones me han conducido naturalmente al deseo de contribuir cuanto me sea posible perpetuar la memoria de un hombre ilustre a quien tengo el honor de contar entre mis ascendientes. No me ha detenido el conocimiento de mis cortos talentos para dejar de celebrar sus excelentes prendas, y alzo merito, consagrando este elogio a su memoria, porque yo no aspiro por este medio a la reputación, sino a efectuar un favor a mi posteridad, lo que me alegraría hubiesen practicado mis antepasados en favor de sus descendientes. Sin duda se hallaban en una situación más ventajosa que la mía, para efectuar con más acierto el designio que me propongo en este escrito. Testigos, por decirlo así, de este gran hombre, que va a servir de objeto a mi elogio, podrían incontestablemente formar uno que correspondiese mas dignamente a su merito, haciendo mención de muchos hechos, o discursos de su vida privada y domestica, que demuestran a caso mucho mejor que las acciones publicas la grandeza de alma y el carácter sublime de un gran hombre. Sin embargo, no carezco absolutamente de materiales suficientes para poder representar este ilustre ascendiente mío, justamente acreedor a la pública estimación y digno de servir de modelo a todos los que tenemos el honor de contarle en el número de nuestros antepasados. Verdad y claridad, es lo que prometo en este escrito; conozco demasiadamente la debilidad de mis fuerzas, para ignorar hasta que limites pueden extenderselas condiciones a que debo obligarme con mis lectores.

Pazo de Bergazos

Pazo de Bergazos

Nació el Excmo Señor Don Felipe Gil Taboada en el Lugar de Bergazos, feligresía de Santa Eulalia de Donsión, Jurisdicción de Deza y obispado de Lugo, el día 1 de Mayo de 1666 y aunque podía dispensarme de hablar en este lugar de la acreditada nobleza y esplendor de su Cuna, sin embargo conformándome con el uso comúnmente recibido y procurando satisfacer al mismo tiempo la curiosidad de los que desean adquirir noticias de los Progenitores de los Varones ilustres, diré (según los papeles de el archivo de casa y los autores nobiliaristas que he visto): que nuestro Felipe desciende de la esclarecida y antigua casa de los Giles en el Reino de León, cuyo origen según el Conde Don Pedro Rades de Andrade, y el famoso Don José de Pellicer, en el memorial presentado en el siglo pasado, en favor de la Casa de los Marqueses de Ribas de Sabedra; citando a los autores anteriores, dice que traen su descendencia de el Rey Don Alonso el 8º, y Doña Teresa Gil de Soaberosa (o Sobrosa) hija esta de Gil Vasquez de Soberosa y María Arias de Fornelos, en quien tuvo el Rey Don Alonso, a Don Martin y otras dos hermanas, casadas con Señores principales de el Reino. Don Martín dejó cuatro varones también herederos en el Reino de León, que pocos años después divididos entre sí tuvieron aquellas Provincias con los famosos Vandos de los Giles, y los Negretes, que acabaron en tiempo de los Reyes Católicos.

Hacia esta época vino a establecerse a Galicia Gil Hoares llamado el Viejo de la casa de los Negretes, y casó con Eulalia de Camba de la antigua casa de este nombre, bien conocida en la Provincia, llevó esta señora una rica dote y estableció su solar en el Pazo de Madrosende, sus descendientes dividiendo las haciendas; han sido progenitores, de muchas ramas que han variado el apellido, y tuvieron diferentes fortunas, como sucede a todas las familias; y así solo diré; que tercer nieto de este tronco fue Clemente Gil, a quien toco por partición la Torre y Vasallaje de San Jorge de Cristimil, cuyo hijo Don Gregorio Gil, casado con Doña Margarita Taboada, señora de la Casa de Barcia, fueron Padres de Don Gómez Gil, señor de la Casa de Bergazos, que casó con Doña Beatriz Fernández Gil, hija de los Señores de la Casa de Figueroa y abuelos de nuestro Felipe, y de otros cuatro hermanos: es inútil adelantar mas esta materia, cuando se trata de un hombre muy sobresalientes cualidades y servicios en bien de la Patria, serían más que suficientes para ennoblecer las familias más obscuras y mas sepultadas en el olvido.

Pazo de Bergazos

Pazo de Bergazos

La verdadera educación, no empieza en la niñez, sino ya desde la cuna. Por desgracia pocos padres hay que conozcan toda la importancia de empezar a formar el espíritu de sus hijos, desde esta edad tierna en que ya se deja percibir la semilla de las muy funestas pasiones que dominan el corazón de los mortales, o el principio de las más sublimes virtudes que engrandecen a la naturaleza humana. Yo no pretendo que el privilegiado Felipe, por la naturaleza no haya sido comprendido en esta bárbara costumbre, que condena a los niños en sus primeros y más preciados años a ser entregados a la disposición de mujeres imbéciles y supersticiosas, pasando desde sus manos a las de unos hombres peores que estas mismas mujeres; quiero decir, a las de estos Mercenarios tan injustamente conceptuados capaces de dar una buena educación y cuyas bárbaras ideas y método pedantesco, cuando que no consigan corromper enteramente  el corazón de el niño mas largamente favorecido por la naturaleza, contribuyen en gran parte a lo menos a alterar notablemente las más ventajosas disposiciones con que ella pudo haberle dotado para la ejecución de las más grandes cosas. Por más era que Felipe no podría, sin una especie de prodigio, ser totalmente preservado de el efecto de una educación tanto más funesta y más perjudicial, cuanto se recibe en una edad, cuyas impresiones influyen poderosamente sobre el resto de la vida. Sin embargo aun en esto parece que hay, una excepción a favor de los grandes hombres y que así como la educación más feliz no los produce, tampoco los destruye la más perniciosa: ellos salen por decirlo así, formados de las manos de la naturaleza y con cualidades superiores a todos los obstáculos.

A lo menos en el caso de nuestro Felipe se puede asegurar, que estos no fueron bastantemente poderosos para sofocar sus talentos e impedir que se viese, que las disposiciones de su espíritu, le hacían justamente acreedor a ser excepcionado de esta ley común o mejor diré de esta insensata costumbre,  en virtud de la que se condena ordinariamente a los primogénitos de las casas ricas a ser ignorantes toda su vida; como si en algún modo, por medio de esta tiranía se intentase imponerles una pena por la preferencia que las leyes civiles les conceden en el goce de unos bienes realmente inferiores e incomparablemente menos estimables que una buena educación fundada y sostenida sobre la cultura e ilustración de el espíritu. Felipe tuvo la fortuna de no ser sacrificado a las preocupaciones; y la Providencia que había formado sobre él grandes designios haciendo conocer a sus padres el destino que debían dar a su hijo les inspira el pensamiento de enviarle a estudiar la filosofía en la Universidad de Santiago.

Pazo de Bergazos

Pazo de Bergazos

Aquí entramos precisamente en el tiempo más obscuro de la vida de Felipe, no tenemos documento alguno que nos manifieste cuales fueron sus progresos en el estudio de la filosofía y sin embargo de que en este particular sería siempre sospechoso cualquier testimonio ventajoso, que por tradición se hubiese conservado en su familia, aun de esta misma memoria carecemos, y todo lo que puedo hacer en este momento, será reducirme puramente a conjeturas, fundadas en la analogía, procurando adivinar lo que habrá sido Felipe en sus primeros estudios, por el talento, penetración, y sagacidad, que después manifestó en el discurso de su vida. Guiado pues por una escrupulosa observación de el genio que Felipe ha mostrado constantemente en la conducta de los más graves y delicados negocios, no dudaré asegurar, que sus primeros progresos en los estudios escolásticos, carecieron ciertamente de una falsa brillantez que casi siempre es un signo infalible de la poca solidez del ingenio; y la lentitud de sus adelantamientos había hecho concebir una falsa idea, de sus luces a Maestros ignorantes, dirigidos casi siempre en estos juicios por principios muy distantes de la verdad. Lo cierto es que Felipe había nacido con un espíritu nada propio para brillar entre las tinieblas de él Ergotismo y las falsas sutilezas escolásticas no eran seguramente un resorte bastante poderoso para poner en movimiento toda la fuerza y vigor de sus facultades intelectuales.

Pazo de Bergazos

Pazo de Bergazos

Este enigma que no lo es, sino para los que tienen un conocimiento muy superficial del espíritu humano, se desvanece al momento que se considera que la filosofía escolástica, esta ciencia obscura y tenebrosa, en la que compitiendo lo inútil con lo ininteligible, se ha hallado el medo de obscurecer las más claras verdades, de hacer dudosos los principios más incontestables, de embrollar las nociones más sencillas; esta filosofía en fin, que apartando el espíritu de las especulaciones útiles, e importantes, le ocupa en cuestiones estériles, e infructuosas; por ningún caso puede se semilla proporcionada y capaz de justificar en su espíritu naturalmente claro, juicioso y penetrante y tales eran las cualidades dominantes y que brillaban con especialidad  en el de nuestro Felipe, por manera que no era posible que su genio dejase de estar como sepultado bajo el peso de estas futilidades científicas y ridículas abstracciones, cuyo conocimiento es el alimento mas propio para aquellos espíritus frívolos y orgullosos, que imposibilitados en alguna manera de avanzar la verdad, pretenden ostentar una ciencia, de que carece y ocultar su ignorancia por medio de sutilezas y artíficos despreciables a los ojos de un juicio sano. En una palabra, si mis conjeturas no me engañan, creo poder afirmar, que Felipe a su entrada en el Teatro Escolástico, habrá manifestado las apariencias de una incapacidad, que injustamente hace condenar a muchos jóvenes a una eterna ignorancia y en este supuesto aumentará  la lista de los muchos varones, que se han hecho ilustres en la carrera de las letras, habiendo entrado en ella con disposiciones tan poco favorables en la apariencia, como las que se habían dejado ver en nuestro Felipe y precedidas sin duda de el mismo principio.

Detenido pues y como encadenado el genio de Felipe todo este tiempo, que el uso establecido en nuestras Universidades obliga a los jóvenes a consumir en un Estudio, que acaso se puede dudar si les inhabilita más de lo que los dispone a entrar con ventaja al conocimiento de otras facultades; no pudo menos de empezar a arrojar las primeras chispas de su penetración y seguridad en el estudio de la Jurisprudencia. Aunque esta ciencia la más importante, según algunos sabios, de ser tratada en nuestras Universidades con el método que sería necesario para introducir a nuestros jóvenes con mas prontitud y facilidad al conocimiento de las leyes nacionales; sin embargo, presenta siempre objetos dignos de la mayor consideración y capaces de ejercitar suficientemente el espíritu más activo e ingenioso. En efecto el conocimiento de las costumbres de los Romanos, su religión, sus usos, su ciencia militar, su política, todo esto ofrece un plan no muy limitado a cualquier joven de talento que desee conocer a fondo este Pueblo famoso, cuyas leyes, aun hoy son la base fundamental de la legislación de las principales naciones de la Europa. A vista de la reputación que nuestro Felipe ha merecido de profundo jurisconsulto, es más que verosímil, que todos estos conocimientos podrán haber sido objeto de su estudiosa atención y finalmente sus rápidos progresos en esta parte se acreditan sobradamente, considerando solamente, que a la corta edad de 26 años autorizado con el grado de Doctor en Derecho Civil había obtenido en propiedad la Cátedra de Prima de Leyes en la Universidad de Santiago. Hacía ya también algunos años había sido admitido en el Colegio Mayor de Fonseca, casa fecundísima de varones ilustres en piedad y letras. La reputación que en estas casas de estudio suelen adquirir los jóvenes entre sus mismos compañeros, rara vez deja de ser un presagio feliz de los mas prontos adelantamientos en la carrera literario. No me ha sido posible a la verdad saber cosa alguna con certeza acerca de este particular, pero una reflexión muy sencilla, confirmada por otra parte por un hecho de notoriedad pública, es más que suficiente para darnos una idea del concepto que Felipe había logrado entre sus compañeros.

Pazo de Bergazos

Pazo de Bergazos

En toda comunidad en que el Estudio se mira como el principal artículo de el institulo y en donde por consiguiente deben brillar los conocimientos y la instrucción de sus individuos (tirando por este medio a sofocar todo principio de desigualdad) más o menos según la diferencia de su aplicación y talento, ninguna ley parece más necesaria y de un cumplimiento más indispensable, que la que prescribe la modestia y diferencia reciproca entre sus individuos; tirando por este medio a sofocar todo principio de desigualdad, destrucción particular, necesariamente destructivo de la confraternidad y unión que deben reinar para la conservación de todos los cuerpos, cuyo espíritu consiste particularmente en la igualdad de sus miembros. No obstante a pesar de todos estos reglamentos indispensables, a fin de mantener esta igualdad necesaria en las Comunidades, rara vez deja de diferirse por una especie de consentimiento tanto alguna superioridad, aquel que por ser talento, instrucción y conducta se ha hecho merecedor de esta distinción de parte de sus campaneros, a que se añade que esta tacita confesión se convierte en público testimonio de la superioridad del merito, todas las veces que algún grave accidente o negocio delicado e importante a los intereses de la comunidad, obliga a sus individuos a reunir sus facultades en la persona de aquel que es considerado como más capaz de manejarle con prudencia, discreción y acierto. No tardó pues en presentarse una ocasión que hizo ver que el merito de nuestro Colegial le hacía acreedor a esta distinción y confianza. Suscitose una ruidosa contienda entre el Colegio de Fonseca y el Arzobispo de Santiago acerca de regalías: El Colegio y el Prelado pretenden igualmente ventilarla en el Supremo Consejo de Castilla; por una y otra parte se nombran diputados para sostener el derecho que les asiste y la elección de el Colegio de Fonseca, recae sobre nuestro Felipe, que marcha a Madrid el  año de 1697 a promover y defender las pretensiones de su Comunidad.

Después de haber desempañado con la mayor felicidad tan honrosa comisión, nada más le faltaba a Felipe, que ir a concluir la carrera de sus estudios en un Teatro brillante, en donde sus talentos, e instrucción pudiesen adquirir aquella solidez y extensión que aseguran una gloria inmortal. La Universidad de Salamanca célebre por su antigüedad, por el gran número de hombres ilustres que ha producido, y por haber sido en todos los tiempos una de las más famosas Escuelas de la Europa para el Estudio de la Teología y del derecho, debía de ser sin duda muy recomendable por todas estas circunstancias a los ojos de Felipe e inspirarle consiguientemente, ardientísimos deseos de ir a adquirir la más sublime doctrina en este Santuario de las ciencias; imitando en alguna suerte a aquellos famosos Filósofos de la antigüedad que después de instruirse en su Patria, marchaban ansiosos a Egipto y a Babilonia a escuchar los sacerdotes de aquellas religiones, a quien suponían depositarios de los más recónditos conocimientos Felipe marcha pues a Salamanca el año 1700 en donde condecorado ya, desde el año precedente con Beca de el Colegio mayor de Cuenca, podía satisfacer sus deseos con libertad, entregándose enteramente a aquellas dulces ocupaciones, o mejor diré, al uso de aquellos inocentes placeres que forman la felicidad de los hombres de letras, que ellos solos conocen y que ellos solos pueden hallar en la asistencia a los ejercicios académicos, en el manejo diario de los libros, en la conversación de los sabios y en la frecuentación de las Bibliotecas.

Pazo de Bergazos

Pazo de Bergazos

Días tan deliciosos debían de ser de poca duración para Felipe. Era preciso empezar a hacer útiles sus talentos y recoger el fruto de sus literarias tareas. Era necesario empezarse a ocupar las primeras dignidades que debían como posgrados elevarle hasta los más altos empleos de la Monarquía. En una palabra, no podía dejar de caminar hacia donde le llamaba el destino de la Providencia. Hace vacante la Prebenda penitenciaria de la Santa Iglesia de Oviedo; presentase Felipe al concurso y logra ser preferido a sus coopositores. Esto pasaba en 1701 y aun no bien finalizados dos años, cuando habiendo vacado la Doctoral de Toledo, marcha allá Felipe y su merito le hace obtener la Prebenda con preferencia a doce concurrentes a ella. De esta suerte Felipe no había tenido tiempo de acreditar sus talentos en Oviedo, ni por consiguiente, de justificar a los ojos de sus compañeros la digna elección que habían hecho de su persona. Toledo fue más favorable a la manifestación de las recomendables prendas, que le adornaban y que habiéndole granjeado la estimación y confianza del respetable Cabildo de la Primada de las Españas le merecieron la honra de que sus compañeros en tiempo que aquella silla se hallaba vacante, pusiesen sobre él los ojos para confiarle la Vicaria General de Madrid el año de 1709.

Si se atiende al estado en que se hallaba en este tiempo la Monarquía; disputada la Corona y por consiguiente mal afirmada todavía sobre las sienes de Felipe quinto; el calor de las facciones que tenían a su devoción los dos pretendientes al Trono, la delicada conducta que exigía la administración de justicia con las personas que habían abrazado cualquiera de los dos Partidos, el riesgo de comprometer la fortuna, declarándose acaso por el que al fin podía no prevalecer, el valor heroico que era necesario para abrazar abiertamente uno de los dos a todo trance: Son todas estas circunstancias, que hacían bien difícil en la Corte el ejercicio de cualquier empleo que pudiese tener algún influjo y que exigían del que le ejerciese una política consumada, un manejo muy delicado, y una discreción a toda prueba. Sin embargo no se le oculta a Felipe el riesgo a que en semejantes circunstancias expone la neutralidad y consecuencia de esta política consideración, abrazando abiertamente el Partido de Felipe quinto, no tardó en experimentar los efectos de su resolución. El Archiduque Carlos escribe al Cabildo de Toledo, haga salir brevemente de Madrid al Vicario de esta villa por convenir así a su servicio y aunque no lo insinuaba con aquel tono que es privativo de la suprema autoridad, no obstante debió hallarse entonces el Calvillo con muy poderosas razones para complacer a dicho Príncipe, y conformándose ciegamente a su insinuación, hacer retirar prontamente a Felipe, despachándole sin embargo un aviso para prevenirle con anticipación la novedad que ocurría. Felipe parte al instante en cumplimiento de la orden de su Cabildo, pero empezando desde este día a merecer la confianza de Felipe quinto, podemos fijar en él la época en que empieza su carrera política e igualmente la dispensación de las singulares honras, y mercedes que debió a la benignidad de este Monarca.

En efecto no habían aun pasado muchos meses, cuando se digna avisarle por medio de el Secretario de Gracia y Justicia, Marques de Mejorada, se salga inmediatamente de Toledo y con la mayor reserva y presteza se disponga para ira a encontrarle al Campo Real de Talavera, a fin de comunicarle asuntos muy importantes a su Real servicio. No tardó el merito de Felipe y contando desde luego con el celo que había mostrado por sus intereses, empieza a colocarle en los más altos empleos, confiando por descontado a su cuidado la Presidencia de la Real Chancillería de Valladolid, vacante por ascenso de Don Francisco Acana al Consejo de Hacienda: resistese Felipe en esta ocasión al deseo de el Rey, represéntale modestamente las poderosas razones con que se halla para no poder admitir la honra que S. M. le dispensa, haciendo valer entre otras la de hallarse con crecidos empeños, e imposibilitado por este motivo a entrar en una dignidad que debe ocasionarle muchos gastos. El Rey no admite escura alguna; considera la renuncia de Felipe, como un nuevo motivo para obligarle a la aceptación de el empleo renunciado y queriendo en fin desvanecer todos los pretextos que podía oponer su modestia y dejarle sin arbitrio para un nuevo reusó, da orden para que a expensas de su Real Erario se le franqueen cuatro mil pesos a fin de que pueda salir de sus atrasos; cuya liberalidad echa en un tiempo en que la escasez del dinero y las urgencias del Estado hacían muy considerable este donativo, prueba bien patenten al alto concepto que había formado el Rey de las luces de Felipe y el deseo de verlas enteramente empleadas en servicio suyo.

Pazo de Bergazos

Pazo de Bergazos

No parece necesario decir que Felipe sin perder un momento marchó a Valladolid en 1711 a tomar posesión de la Presidencia de aquella Chancillería. Era bastante común en este tiempo ver pasar Eclesiásticos desde las funciones de su Ministerio a la administración de Justicia. Puede esto acaso parecer chocante a los que solamente consideran las cosas por las primeras apariencias y superficialmente; porque a mi parecer no faltan rezones muy solidas, que puedan justificar sobradamente esta práctica. Es cierto que los Eclesiásticos, que voluntariamente salen de su esfera, manifiestan un carácter poco estimable, olvidándose cuán grande es su ministerio, cuan importante y digno de toda su atención. Pero de aquí no se sigue que cualquiera, por ser Eclesiástico, no sea propio sino a las funciones de este Estado: puede haber y ciertamente hubo en todos tiempos en el Clero excelentes cabezas, propias a manejar los negocios con tanta inteligencia y acierto, como fidelidad. Es verdad que el ejercicio de la Magistratura exige grandes luces, y que el Magistrado, que es digno de su ministerio, debe estar acompañado de un espíritu penetrante, juicioso, sagaz y adornado al mismo tiempo de muchos conocimientos, cuya reunión suele ser poco común, no digo solamente entre los Eclesiásticos, mas también entre la mayor parte, de aquellos que especialmente se consagran al ejercicio de la Magistratura; pero también es incontestable, que Felipe era uno de estos genios extraordinarios propios para llenar todos los empleos y ocupar las dignidades, que piden talentos más raros y en apariencia más incompatibles. En efecto, se vio con la mayor admiración, que desde el primer momento en que empezó a merecer la Real confianza, no fue toda su otra cosa, sino una alternativa continuada de las más altas dignidades eclesiásticas a las primeras Magistraturas de la Monarquía, manifestando siempre en todo género de Comisiones, talentos tan superiores y prendas tan sobresalientes, que con alguna razón se podría dudar a que empleo le había destinado más particularmente la naturaleza, o si acaso le había dotado de luces suficientes, y cualidades adecuadas para poder desempeñar todas las que cualquiera estado, deben estar reservadas solamente para hombres de un merito superior.

Fácilmente deja verse que a proporción que el Rey iba conociendo el de Felipe, debía aumentársele el deseo de tener cerca su persona un hombre que a la capacidad que mostraba para el desempeño de los importantes negocios, añadía el celo de que estaba animado por los intereses del Monarca. Este celo que en todas las ocasiones deber ser de mucho merito a los ojos de cualquier príncipe, debía serlo tanto más a los de Felipe quinto, cuanto le era bien manifiesta la contradicción que habían hallado sus pretensiones, en una multitud de personas de todos los Órdenes del Estado, que abiertamente habían favorecido los de el Príncipe que le había disputado el Trono. Por manera que exigió la política y real reconocimiento, que en la distribución de las gracias fuesen preferidas todas aquellas cuya fidelidad conocida, y recompensada por las dignidades más respetables, fuese capaz de atraer por su ejemplo a los que todavía pudiesen mantener dentro de su corazón un resto de oposición y desafecto al Partido dominante. Dirigido el Rey por estas máximas, igualmente justas y políticas, llama al Presidente de Valladolid a la Corte el año 1713 y honrándole con la Comisión general de Cruzada, vacante por ascenso de Don Francisco Rodríguez Mendarozqueta al Obispado de Sigüenza, consigue al mismo tiempo premiar el merito de Felipe y acercarle junto a su persona.

Porque a la verdad a nada tanto como a esto parece se encaminaban los deseos del Monarca. Realmente la Dignidad de Comisario General, de Cruzada no parece haber sido efecto solamente de el deseo de recompensar el merito de Felipe, sino acaso más bien de el pensamiento de establecerle cerca de su persona para poder recurrir más fácilmente, siempre que la necesidad lo exigiese a los consejos de un Vasallo, de cuyas luces y celo debía haber formado el más alto concepto. Esta consideración que al parecer se presenta solamente,  como una leve conjetura, no desmerecerá el nombre de juicio razonable y bien fundado, luego que consideramos hasta qué grado de confianza elevó el Rey a nuestro Felipe.

Sin embargo, se podría decir en algún modo que el Monarca quería cosas incompatibles. Quería tener cerca de si a Felipe y al mismo tiempo conferirle empleos, que no sin dificultad podían permitirle disfrutar las honras, que la Real benignidad quería dispensarle: en una palabra el Rey quiso elevar a Felipe a la dignidad episcopal, destinándole en 1715 al gobierno de la Santa Iglesia de Osma. Penetrado Felipe de las graves e importantes obligaciones del Episcopado y por consiguiente deseoso de exonerarse de el gran peso inseparable de tan alta dignidad, no la aceptó hasta después de considerar, como decía el mismo, que Dios gobierna con especial asistencia los corazones de los Reyes, que no habiendo pensado jamás que pudiese recaer en el dignidad tan superior y fiando por otra parte a dictamen de quien tenía entera satisfacción, la resolución que debía tomar, deliberó prestar su consentimiento a los designios de la Providencia, no queriendo arriesgarse acaso al peligro de oponer una injusta resistencia a las voluntades de el Cielo. Sería necesario trasladar aquí la carta en que contestó a la que se le envió de oficio con el nombramiento de S. M. para poder formar una idea cabal de los sentimientos de humildad y desconfianza propia que manifestó en esta ocasión.

Pasaron todavía bastantes meses antes de haberse verificado su consagración, y es más que verosímil, que esta dilación, pudo haberle hecho sufrir aquella pena, que atendida su situación, debía causar a todo hombre celoso del bien del prójimo amante del pronto cumplimiento de sus deberes y dotado de grandes luces. No necesitaba Felipe todas las que le había concedido el cielo, para conocer la indispensable necesidad de la presencia de el Pastor para el buen gobierno y dirección de su rebaño; para convencerse de la estrecha obligación de la residencia; para penetrarse de la Santidad que exige el ministerio Apostólico y en una palabra no podía ocultársele, que la corte es una mansión poco correspondiente a la gravedad episcopal, y que la disipación inseparable de el trato y frecuencia con los cortesanos, no puede menos de alterar en alguna manera la pureza de costumbres, digna en un sucesor de los Apóstoles, el cual en semejante situación, cuando que no se halle expuesto a profanar la santidad de su ministerio por un indigno abatimiento, compromete ordinariamente el decoro y consideración debida a su dignidad apostólica. No era posible que semejantes consideraciones dejasen de hacer una poderosa impresión en el espíritu de Felipe, y de obligarle a emplear todos los medios posibles, a fin de llegar cuanto antes al socorro de un rebaño, a quien debía hacer padecer notablemente la falta de su Pastor. Sin embargo por legítimos que fuesen tales deseos aun no pudieron tener tan prontamente su debido cumplimiento y era preciso que Felipe conformándose a las Reales intenciones, suspendiese aun por algún tiempo el designio de unirse a su amada Grey, para entregarse todavía al servicio del Estado, a que debía sacrificarse enteramente, desde la hora que el Rey había puesto en él los ojos para confiarle el gobierno de el Supremo Consejo de Castilla, cuya honra mereció en el mes de Junio de 1715.

Encargado Felipe de tan alto ministerio y admitido a la más estrecha confianza del Monarca en calidad de Consejero de Estado, a cuya suprema dignidad fue elevado en el mes de Julio de el mismo año, se hallaba como acabo de decir, obligado a hacer un sacrificio absoluto de su persona para el bien de la Patria y servicio de un Príncipe, cuyo favor y mercedes renovadas tan frecuentemente, le constituían en la indispensable necesidad de dar una idea de su merito, que correspondiese a la particularidad con que le distinguía y al mismo tiempo sirviese a justificar su elección. En semejantes circunstancias, fácilmente deja verse que Felipe no podía menos de entregarse al manejo de los negocios con la aplicación, celo y actividad que era preciso manifestar, estando al frente de un Tribunal en que se deciden las causas de mayor gravedad, delicadeza e interés y que es al mismo tiempo deposito de la confianza del Monarca y representante de todos los derechos de la Nación. A esto se agregaba la precisión de asistir una vez cada semana en calidad de Consejero de Estado a las Juntas que presidia el Rey y cuya celebración tan frecuentemente se había hecho indispensable por las extraordinarias y criticas circunstancias en que se hallaba entonces la Monarquía.

Mucha sin duda debía ser la extensión de luces de Felipe y muy poderosos los motivos que debían animarles para no sucumbir bajo el peso de tan graves e importantes Comisiones. Bien es verdad que cualquier Ministro es superior a las mayores fatigas y desvelos que pueden exigir sus empleos, siempre que con una extensión proporcionada de conocimientos, se halle por otra parte animado de un gran deseo de la prosperidad pública y de un celo ardiente por los intereses del Príncipe. El de Felipe hacia el suyo era generalmente conocido y añadiendo a este principio fecundísimo de grandes acciones, su constante probidad, su notorio desinterés, y el talento extraordinario que en él se adoraba para el pronto despacho de los negocios, necesariamente debía aumentarse todos los días la estimación y confianza del Monarca hacia su Ministerio y la aprobación de la nación por la elección de el Monarca. Todo en fin parece conspiraba a asegurar a Felipe la continuación del favor y de la confianza de el Rey; pero un Ministro de el carácter y merito de Felipe, acaso nunca está más cerca de perder el favor del Príncipe, que cuando al parecer ha llegado a ganar toda su confianza.

En efecto cuando un Monarca usando de todo su poder, eleva a un vasallo sin merito y acaso desde el polvo, por decirlo así, hasta la cumbre de la grandeza y de el favor; los pueblos respetan en silencio el capricho de el Príncipe, desaprovechando interiormente su elección; los Cortesanos miran al nuevo favorito con desprecio, porque considerando su elevación como obra de el capricho, esperan siempre (aunque en vano muchas veces) que otro nuevo capricho le precipitará de su altura y el favorito debe muchas veces a esta esperanza de los que se sonrojarían mostrándose rivales suyos, la conservación de un crédito de que a todos momentos se le cree un decaído. Pero por el contrario un Ministro que ha llegado a merecer la mayor confianza de su Príncipe, después de haber acreditado su celo, su talento  y su integridad en los empleos subalternos; al mismo tiempo que es mirado por la Nación con respeto y consideración como el órgano más digno de la voluntad de el soberano, debe inspirar sentimientos diametralmente opuestos en el ánimo de los Cortesanos, en los cuales se encenderá naturalmente el deseo tanto más vivo de separarle de el lado del Príncipe, cuanto las mismas cualidades y merito que le han alcanzado este honor, la aseguran con fundamento su conservación. En este último caso se hallaba nuestro Felipe, cuando los enemigos de su merito, envidiosos de él valimiento que gozaba con el Monarca, se prepararon a emplear todos los artificiosos imaginables, a fin de satisfacer la injusticia de su pasión y no siéndoles posible hallar medio alguno decente para cohonestar su injusto designio, no se sonrojan, ni se detienen en echar mano del pretexto mas frívolo e infundado para desconceptuar a Felipe en el espíritu del Rey y por consiguiente estimularle a que le repare de su lado, no queriendo malograr la ocasión de vengarse de la consideración de que gozaba.

Hallábase apremiado el Marques de la Rosa, Mayordomo de Semana de la Reina, por cierta cantidad de S., a que estaba deudor; se había ejecutado este apremio de orden del Alcalde de Corte Don Francisco Zapata y sin embargo de no haber tenido Felipe, aun la más remota noticia de semejante providencia, se hace entender a la Reina, que su Mayordomo se hallaba preso por Orden del Gobernador del Consejo, cuy siniestro informe, como se deja ver, comprendía dos falsedades. La casualidad de hallarse al mismo tiempo ausentes o enfermos, otros caballeros destinados al servicio de la Reina en igual empleo hacia más notable la falta del Marques, a quien siempre falsamente se le suponía arrestado y haciendo valer los enemigos de Felipe todas estas circunstancias para pintar mas enorme este imaginario atentado, logran finalmente se despache orden inmediatamente por el Secretario de Gracia y Justicia al Gobernador del Consejo, para que cese prontamente en el ejercicio de su empleo, como culpable de un desacato, injurioso y contrario al decoro debido a la Casa Real.

En este momento fue cuando se dejo ver la grande alma de Felipe, renunciando las más altas dignidades con la misma indiferencia con que había entrado a gozarlas. Como su merito y no su ambición le había conducido hasta la mayor elevación, supo abandonarla, conservando la misma tranquilidad de ánimo en que se había mantenido, aun en medio de los mayores rigores de la fortuna.   No se desmintió su entereza en una ocasión capaz de conmoverla, se fuese afectada y antes bien al contrario confirmó por su conducta la verdad de que los contratiempos y la adversidad son el Teatro en que se ostenta y cubre de gloria la virtud de un hombre verdaderamente grande. En fin su ignorancia y su grandeza de alma le sostuvieron hasta el termino de inspirarle la magnánima resolución de justificarse con el mismo Monarca, por medio de una representación  concebida en las expresiones más enérgicas y en la cual concibiendo el respeto debido a la soberanía con la generosidad libertad, que nace de la ignorancia, desvanece elocuentemente y con dignidad todos los sofisticados pretextos y aparentes razones que podrían emplearse para acreditarle en el ánimo del Rey, a quien hace presente la fidelidad, el celo y el amor con que siempre había procurado esmerarse en todos los asuntos pertenecientes a su servicio.

Contento Felipe con haber expuesto las razones, que manifestaban su ignorancia y perfectamente tranquilo con el testimonio interior de una conciencia que no le acusaba de haber faltado jamás, a lo que debía a un Soberano que le había concedido su más estrecha confianza, no pensó más que en retirarse con toda la prontitud posible a su Obispado, como se le había prevenido de orden de Rey, al mismo tiempo que se le había mandado cesar en el ejercicio de sus empleos. En efecto no se detuvo sino el corto tiempo, que fue necesario a fin de prevenirle su alojamiento y no perdiendo un momento para ir a unirse y ponerse al frente del Rebañó, a cuyo gobierno le había destinado la Providencia, llegó a Osma al principio del año de 1716.

Sr hallaban en Felipe, si bien se mira, todas las cualidades más necesarias que constituyen  un Obispo digno y capaz de desempeñar el Ministerio Apostólico. Porque la Santa Iglesia libre ya, gracias al cielo, hay muchos años de las persecuciones y agitación que la han ocasionado en otros tiempos los escritos y declaraciones con que los herejes han pretendido combatir la pureza de sus Dogmas y la Santidad de su Moral, a caso no le son tan necesarios en el día obispos profundamente versados en la ciencia del Dogma, cuanto adornados de aquellas prendas que puedan coadyuvar a mantener la paz y buena armonía entre sus súbditos por medio de un gobierno moderado, de un ejemplo santo, de una caridad bien entendida y de una prudencia consumada que le dicte en casi todas las ocasiones el partido que se debe preferir para el mayor bien espiritual y temporal de los Pueblos. Brillaban estas cualidades eminentemente en Felipe, y se seguían necesariamente de sus grandes luces, de su pronta penetración y de la superior inteligencia, que en sus diversos empleos había adquirido, para el desempeño de los negocios más arduos. Por manera que aunque no sea verosímil que Felipe poseyese conocimientos  muy bastos en la ciencia Dogmatica, se compensaba en él ventajosamente esta falta con la revisión de todas aquellas prendas, que como dejamos dicho parecen más inmediatamente necesarias al buen gobierno de las almas. Fuera de que Felipe daba todo el realce posible a estas cualidades, ya por si tan solidas y de tanto precio por una atención inviolable al desempeño de las obligaciones más esenciales e inseparables del Ministerio Apostólico. Así que, se le vio desde el segundo año de su entrada en Osma, emprender la visita de su Obispado, confirmando en todos los lugares, asistiendo en las Misiones que en ellos se hacían, administrando el Santo Sacramento de la Penitencia y distribuyendo entre sus Diocesanos las rentas de su obispado.

Sobre todo, de esta ultima obligación, a caso la más indispensable a un obispo, después de la de distribuir el pan de la divina palabra, estaba Felipe tan convencido, que casi no se puede dudar, haya dejado de practicarla en toda su extensión y con la exactitud más escrupulosa.  Sus sentimientos en este particular, son tanto más conocidos cuanto se hallan confirmados por un testimonio incontestable, cual es el que deja ver en las Cartas familiares escritas a una persona de tanta confianza, como era un hermano a quien sobremanera estimaba. Esta clase de escritos, que siempre se ha considerado como intérprete más fiel, y el más vivo retrato del verdadero carácter de cualquier hombre, es un precioso documento, que manifiesta cual era el modo de pensar de Felipe, acerca de la distribución de las rentas eclesiásticas, y que su delicadeza en una materia de tanta importancia y consideración, llegaba a igualarse con la mayor estrechez que sobre ella puede imponer la religión. En las pocas Cartas que se conservan es digna de admiración la escrupulosidad con que miraba esta distribución, haciendo ver la intima persuasión en que vivía de hallarse sin facultad para disponer de sus ventas, no siendo a favor de los verdaderos acreedores a ellas, cuales son los pobres y con preferencia los de su Obispado.

Estos hechos son los que caracterizan al hombre grande y descubren sus virtudes ocultas; en ellos no puede tener parte la vanidad y la malicia más ingeniosa no podrá prestarles un principio vicioso. Ves aquí en una palabra bien patente y manifiesta la delicadeza de conciencia de Felipe, su probidad y discreción. ¿Qué multitud de pruebas incontestables no tendríamos de las virtudes, que adornaban su grande alma, sino se hubiese perdido la mayor parte de las Cartas escritas a su hermano en muchos años de una correspondencia nunca interrumpida? Por fortuna se ha conservado un corto número de ellas, pero sufrientemente para acreditar notoriamente su incorruptible integridad su amor ilustrado a la religión, su devoción sin pequeñez, su pasión por la Justicia, su deseo del bien estar de todos y su inclinación razonable a su familia.

Porque Felipe estaba muy lejos de parecerse a ninguno de estos hombres, que conducidos por su fortuna o llevados por su merito a una elevación a que toda su ambición no habría osado aspirar, se olvidan por decirlo así, del suelo que les vio nacer y llenos de un injusto desdén o de una indiferencia reprensible hacia su familia, se creen dispensados de las primeras obligaciones de la sociabilidad llegando tal vez su orgullo a hacerlas imaginar que su dignidad podía ser comprometida por el más ligero trato o correspondencia con aquellos a quienes deben el ser, o en cuya compañía han pasado los primeros años de la vida. No: el carácter superior de Felipe no le permitía adoptar unas máximas tampoco conformes a los primeros y más tiernos sentimientos de la naturaleza y tan contrarias a la verdadera grandeza de alma. Así que, Felipe lleno de la estimación más justa y del cariño más razonable hacia sus hermanos y parientes, mantuvo constantemente en medio de su elevación a las más altas dignidades, una frecuente correspondencia con ellos, complaciéndoles en sus satisfacciones, consolándoles en sus penas, interesándose en sus ventajosas alianzas y contribuyendo en lo que le era posible a todos sus adelantamientos. Es verdad que Felipe estaba lejos quede sus parientes, y no había vuelto a verlos después que había salido de su Patria; pero el amor y estimación que les profesaba, no estaba pendiente ni se media por las distancias de tiempo o lugar y la discreta proporción con que sabía arreglar lo que debía a todos los hombres, le hacía mirar aquellos a quienes estaba unido por los estrechos vínculos de la naturaleza, como los acreedores a su piadosa atención, después de aquellos, a cuya instrucción gobierno era llamado por una especial vocación del Cielo. En una palabra, toda la conducta de Felipe para con los parientes, era la de un hombre que detestaba las injusticias, que el deseo del engrandecimiento de las familias ha hecho cometer a nuestros Prelados respetables de la Iglesia; y que al mismo tiempo sabía, que el olvido de los Parientes y el total abandono de sus intereses es una infracción de las primeras leyes de la naturaleza y una especie de opresión de los fines que se ha propuesto la Providencia, reuniendo los hombres con los estrechos lazos de la sangre.

Tantas virtudes reunidas y sostenidas por tan grandes talentos, necesariamente debían conciliarle el amor y respeto, de todos los que pudieron observarle cerca tan raros e inestimables prendas.

En vano su sencillez y su humildad procurarían ocultar las recomendables cualidades que resplandecían en su persona, porque el merito de un grande hombre, transpira por entre los mismos esfuerzos, que hace su modestia para ocultarle. Felipe, en fin, superior a la prosperidad, o adversidad de la fortuna, no necesitaba mendigar auxilios exteriores para hacerse amar y respetar igualmente en todos los tiempos y lugares; la solidez de su virtud y la extensión de sus talentos le daban un derecho igual a hacerse tener de los Cortesanos, o amar tiernamente a sus súbditos. En efecto estos no podían dejar de prestar la veneración más tierna a un Prelado, que por su parte hallaba la mayor satisfacción, solamente con pensar que la felicidad de su pequeño rebaño estaba pendiente de su vigilancia, su celo y sus derechos. Un hombre del carácter de   Felipe, no podía menos de emplear toda su actividad y su afán en buscar los medios más eficaces para procurar todos los bienes posibles a su Pueblo y este debía hallar su mayor felicidad en verse gobernado y dirigido por su Prelado de las más raras y más admirables cualidades y a quien (lo que era más que todo) la delicadeza de su conciencia no p odia permitir valerse de ninguno de aquellos medios, que podrían contribuir a salir de su destino, en que su merito se hallaba oscurecido y como sepultado.

Sin embargo, no fue bastante que la religiosa moderación de Felipe se opusiese a la ambición que suele dominar casi todos los corazones; importó muy poco que su modestia no aspirase a las dignidades a que su reputación y su merito le llamaban. Era preciso llenase los designios que sobre él había formado el Cielo: Estaba ya muy cercano el término de su carrera, pero era necesario que llegase antes al de su gloria y en una palabra era indispensable a la tranquilidad interior de un Monarca justo, no dejar morir sin recompensa y sin un patente Testimonio de su confianza, a un vasallo, a quien sin embargo de su notorio celo, fidelidad y conocidos servicios, había separado de su lado.

En efecto, si, como es incontestable, un Monarca está obligado a la más estrecha observación de la Justicia hacia todos los individuos del Estado, se sigue claramente que no está dispensado de subsanar los perjuicios y daño que puede haber ocasionado al último de sus Vasallos y esta separación se hará tanto más necesaria, cuanto el Vasallo puede haber sido ofendido en aquel orden de cosas a que todos tienen sin excepción un derecho incontestable, cuales son por ejemplo el honor y la reputación. Es evidente que no está obligado un Monarca a mantener en el ejercicio de su Ministerio a un Ministro que no desempeña su encargo o que puede ser sustituido por otro que le desempeñe con mayor utilidad del Estado; sin que el Ministro pueda quejarse justamente de la disposición superior, de quien no le hace agravio alguno. Pero por el mismo principio parece que un Príncipe que reducido por alguna razón aparente, se creyó obligado a separar de su lado a un Ministro, a quien después reconoce por buen servidor e inocente en cuanto a los motivos que pudieron servir de estimulo, para apartarle de su confianza, se halla constituido en la obligación de satisfacerle en alguna manera; sobre todo cuanto la desgracia del Ministro ha sido acompañada de algunas circunstancias, que presentan, al menos apariencias de delito. Este era al parecer el caso en que hallaba Felipe, con un Monarca a quien en todas ocasiones había procurado servir con el mayor celo y fidelidad y convencido finalmente el Monarca de los buenos servicios y constante amor de Felipe hacia su persona, no difiere un momento en darle un magnifico testimonio de hallarse persuadido de su inocencia y de su merito, promoviéndole al gobierno de la Santa y Patriarcal Iglesia de Sevilla en el mes de Diciembre del año de 1719.

Considerada esta gracia como una simple elevación a una dignidad superior, es visible debía hacer muy débil impresión sobre un alma tan independiente de la ambición, como siempre se mostró la de Felipe; pero considerada bajo otro aspecto, esto es, como un testimonio que el Monarca quería dar a Felipe; del aprecio con que le miraba y del concepto que le merecían sus anteriores servicios, su celo, y su amor al bien del Estado, fácilmente se deja conocer con cuanta fuerza debía obrar sobre su corazón una merced, que le aseguraba del restablecimiento de su reputación el ánimo de su Príncipe en cuyo servicio había procurado siempre esmerarse con la integridad, celo, inteligencia y desinterés que generalmente era notorio. A esto se agregaban para completa satisfacción de Felipe las circunstancias que habían acompañado esta honra, que nuevamente le había dispensado la benignidad del Monarca. Se le confirió esta mitra sin consulta de la Cámara, por la cual se hallaba propuesto al mismo tiempo para el arzobispado de Granada. Mandó el Rey expresamente se hiciese incontinente una Posta a Roma con carta para su Santidad afín de obtener el más breve despacho de esta gracia, avisando al mismo tiempo al Cardenal Aquaviva, a fin de que no perdonase diligencia para la más pronta expedición de las Bulas, para lo que siendo necesario buscase dinero en nombre del Rey. A todas estas disposiciones tan lisonjeras para Felipe, se añadieron varias demostraciones públicas de satisfacción, que, manifestó el Rey en esta ocasión. El Padre Dambeuton, Confesor de S. M., escribió la Enhorabuena al nuevo Arzobispo, añadiendo que el Rey y la Reyna, habían mostrado un gozo indecible, lo mismo le aseguraba el Secretario de Gracia y Justicia en carta particular que le escribió separadamente de la de oficio. La Exima Sra. Condesa de Lemos le avisaba el gozo particular que había manifestado el Rey y añadía la expresión, de que la Reina había sido la principal agente en este negocio. Últimamente el primer, Oficial de la Secretaria de Estado le escribió dándole la en hora buena y decía en su Carta, que el Rey había manifestado la estimación que hacía de la persona de Felipe, con expresiones tan particulares, que no se hallaría otro ningún Vasallo que se las hubiese merecido iguales.

La reunión de todas estas circunstancias indicaba sobradamente, que el deseo del Rey se dirigía a convencer a Felipe y darle pruebas nada equivocas de la continuación de su confianza. Felipe, a quien se hacían patentes las Reales intenciones por su concurso de demostraciones tan expresivas, penetrado del mayor reconocimiento a las bondades del Monarca le hace presente este sentimiento por medio de una reverente Carta, en la que confesando la debilidad de su pluma a fin de expresar toda su gratitud, manifiesta al mismo tiempo los vivos deseos con que se hallaba de ir a rendir su obediencia a sus Reales pies y renovar todos los sentimientos de amor, celo y fidelidad a que le constituían acreedor las continuadas honras y mercedes de S. M. Llegó en fin este apetecido momento y disponiendo Felipe su viaje, con toda la posible diligencia, llega a Madrid en el mes de Agosto de 1720, pasando inmediatamente en cumplimiento de su obligación y de su gratitud, a besar la Real mano; debiendo haber sido recibido del Monarca con todas aquellas demostraciones de agrado, mas propias para asegurarle de la alta estimación en que le tenía y recompensar al mismo tiempo el merito particular que había contraído en su servicio. Ciertamente no le quedaba a Felipe que desear un testimonio más grande, ni más honorifico de la integridad con que s e había conducido en el tiempo en que había merecido asistir al Rey con sus Consejos, y manejar los más delicados negocios del Estado.

Conocía Felipe demasiadamente la falta que experimenta una Iglesia por la ausencia de su Prelado, para no apresurarse a marchar a Sevilla, que carecía de este consuelo había más de tres años. Así que abreviando cuanto le fue posible los motivos que podían retardar su viaje, le emprendió en 5 de Noviembre de 1720, llevando en su compañía a su sobrino Don Cayetano Gil Taboada, a quien había hecho Provisor suyo, y cuya elección fue menos efecto de las circunstancias de tan inmediato parentesco, que de las recomendables prendas que debían resplandecer en un sujeto, cuyo merito llegó a colocarle en una de las primeras Sillas de España. Felipe en fin s in perder momento, y ansioso de llegar cuanto antes al socorro de su pueblo, logró hacer su entrada publica en Sevilla en Diciembre del mismo año, con todas aquellas demostraciones de aplauso, regocijo y alegría que se debían esperar naturalmente de un pueblo, que privado más de tres años del socorro de su Pastor hallaba en Felipe uno, que por la reputación de su prioridad y de sus talentos, podía colmar la medida de todos sus deseos. La majestuosa y noble presencia de Felipe, podía también contribuir en alguna manera a confirmar las esperanzas que de él se habían concebido e infundir en el Pueblo una cierta especie de presentimiento de ver afianzada su prosperidad en la vigilancia, y gobierno del Pastor que el Cielo acaba de concederle.

Pero ¡Cuan vanos son ordinariamente los juicios de los hombres! Parece que el cielo se complace en destruir sus proyectos más bien concertados y disipar sus más bien fundadas esperanzas; sin que aun a vista de tan repetidos desengaños, cesen los mortales de forma nuevos deseos y renovar designios continuamente frustrados. Cuando los sevillanos empezaba a creerse felices a la sombre de un Prelado, unas sobresalientes prendas preconizaban la fama por todas partes, cuando después de haberse visto tanto tiempo sin el amparo de un Pastor, empezaban a cobrar aliento, y fundar sus más lisonjeras esperanzas, sobre el que debían a la piedad del Cielo; y en una palabra cuando la robustez y vigor aparente de Felipe empezaba a prometerles una larga y completa prosperidad; la insidiosa muerte al mismo tiempo estaba minando lentamente su vida; esta preciosa vida, de la cual dependía la venturosa suerte de su Pueblo y en  la cual estaba afianzada la fortuna y bien estar de todos los que por su miseria, su virtud o su ciencia podían mirarse como acreedores a los beneficios de su discreta y piadosa libertad.

En los últimos años de su residencia en Osama ya Felipe había empezado a sentir algunas indisposiciones que eran como los primeros anuncios de los fuertes ataques que habían de suceder y repetirse hasta conducirle en breve al sepulcro. La lisonja empleó en él, el mismo lenguaje de que se suele valer, para ocultar a los grandes, toda especie de peligros. Empezó a padecer algunos accidentes, que se atribuyeron a la demasiada abundancia y acrimonia de la sangre, pretendió hacerle creer (aunque en vano) que sus males eran efecto de su robustez. Esta seguridad lisonjera podía tener un cierto fundamento aparente en el alivio que empezó a experimentar y le permitió hacer felizmente su viaje a Madrid y desde esta Corte a Sevilla, pero a pocos meses de su residencia en esta Ciudad empezaron a renovarse los anteriores achaques con una violencia que indicaba las más temibles consecuencias. No necesitó Felipe aquellos preparados desengaños, ni los estudiados rodeos que se emplean para decir a los hombres una verdad, que todos los días se confirma a su vista con repetidos y patentes testimonios. No fue necesario decirle, que era mortal como todos los hombres, porque la magnanimidad de su espíritu sostenida por la piedad mas fervorosa e ilustrada, le inspiraba bastante entereza para considerar con tranquilidad el memento, que se iba acercando, de pagar el irremisible tributo a que han sido condenados todos los hombres después del pecado. Sin embargo, su enfermedad, que últimamente vino a convertirse en una hidropesía superior a todos los recursos del arte, no tuvo un efecto tan ejecutivo, que ocho meses antes de su fallecimiento, no diese tiempo a Felipe a disponer su Testamento, o,  por mejor decir, a declarar que no tenía que hacer testamento, quien miraba como herederos forzosos de cuanto tenía que disponer, a los pobres de Jesucristo; por manera que sobre al Colegio de Fonseca, dejo un leve testamento de cariñosa memoria y otro de su caridad al grande y Real Hospital de Santiago. Algunos años antes había señalado igualmente su piedad disponiendo la construcción de una Iglesia para que, en lugar de aquella en que había recibido el Santo Bautismo, y que por su estrechez y situación, no era correspondiente para la celebración del los Santos Misterios, pudiesen estos celebrarse en lo adelante con el decoro y veneración que es debida a los cosas del Cielo. Poco después de su muerte se verifico la ejecución de tan santo designio.

El mal continuaba haciendo rápidos progresos, y en la misma proporción caminaba Felipe manifestando más su grande alma en  cada memento. Como la grandeza de ánimo era en él un efecto de su constante probidad y de su piedad ilustrada, no le abandonó en un momento en que se cae la máscara a todas las falsas virtudes, y en el que se desmienten los sentimientos y cualidades que nacen de un heroísmo afectado. La entereza y la tranquilidad de Felipe se aumentaron en los instantes próximos a su muerte, porque esta es el Teatro en que se deja ver toda la fuerza, que presta la virtud a nuestra débil naturaleza, y la virtud que era quien sostenía a Felipe en este trance tan terrible para los cuales su sobrino el Sr. Don Cayetano Gil, Arzobispo que fue de Santiago, refería con admiración los sentimientos cristianamente heroicos, que su tío había mostrado en esta delicada ocasión. Decía que su inalterable serenidad conmovía a todos los que le rodeaban, a quienes dejo alguna vez, sin duda por consolarlos, que daba gracias a la divina misericordia de no acordarse haber faltado una sola vez, a lo que le había parecido conforme a Justicia. Felipe en fin superior hasta el último instante a los terrores de la muerte, armado de una firme esperanza en la misericordia de Jesucristo y en la protección de su Madre Santísima, de quien había sido siempre siervo devotísimo, entregó su espíritu, en manos del que le había creado, en 29 de Abril de 1722, a los cincuenta y cuatro años de su edad.

Ves aquí una débil imagen de este grande hombre, en quien hallaron los Pueblos un Juez, no menos integro que sabio; El Príncipe, un celoso y discreto Consejero y sus ovejas un Pastor, que, fiel al destino a quien había llamado la Providencia, no se había propuesto otro objeto en sus acciones, sino buscar y proporcionar el alivio de sus necesidades. Confieso que este escrito, cuando mas es un ligero bosquejo de su merito, materia digna de ocupar una pluma elocuente y capaz de hacernos formar una idea cabal de las virtudes cristianas y talentos políticos que le han hecho merecedor de la gloria y alta reputación que ha gozado durante su vida, y le hacen acreedor después de su muerte a ocupar un lugar distinguido entre los hombres grandes que han ilustrado a España en nuestro siglo. A mí me basta la satisfacción de haber hecho todo lo posible, a fin de conservar su memoria y de estimular acaso a alguno que por sus talentos, sea capaz de celebrar a Felipe, a emplearlos dignamente en la composición de un elogio, de que yo no hago más que presentar la idea y que pueda ser ofrecido a la posteridad como un vivo y bien acabado retrato de un hombre, a quien siempre deben mirar como un digno modelo todos los que se hallen destinados a ocupar los más importantes empleos, y llegar a la elevación, a que Felipe fue conducido por la reunión poco común de cualidades tan excelentes que sin duda habían sido el objeto de la admiración de todos los que verán en el, un hombre igualmente capaz de desempeñar las más grandes y delicadas Comisiones Políticas o de llenar en toda su extensión la vasta esfera de las obligaciones del ministerio Apostólico.

Fuente: ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL, CODICES, L. 1055

Antonio Vidal Neira, Lalín, 10/2/2015

 

 

 

 

 

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