“EL CARLISMO”, POR LAUREANO GUITIÁN RUBINOS


Laureano Guitián Rubinos

LAUREANO GUITIÁN RUBINOS, dejó inédito un documentado trabajo en prosa, firmado con el seudónimo Un sacristán de aldea“, titulado O carlistas o no católicos”, escrito en el año 1871. El autor fue sacerdote y párroco de  Santa María de Donramiro (Lalin) y  un distinguido escritor, que figura entre los narradores ocasionales gallegos del siglo XIX. Hombre de talento y cultura, gozó fama de ser el párroco más ilustrado de su tiempo en la diócesis lucense. Colaboró en varios periódicos, era un entusiasta de la música y tocaba admirablemente el violín y otros instrumentos. Tuvo entrañable amistad con los ilustres lucenses, compañeros suyos del Seminario, Aurelio Pereira, el gran poeta y notable periodista y Juan Montes, el memorable músico autor de “Negra sombra”. Laureano Guitián Rubinos era hijo de Laureano Guitián Somoza, administrador de Rentas estancadas en Fonsagrada y Sarria y Josefa Rubinos Armesto. Nació en la villa de Puertomarín (Lugo) y falleció en la rectoral de Donramiro el 23 de octubre de 1886, a los 42 años de edad.

Escribió sobre diversos temas, en el Certamen literario celebrado en Lugo en 1877 obtuvo premios por los siguientes trabajos: “De la Instrucción primaria en Galicia: Su estado actual y medios de fomentarla”, La piscicultura en nuestras costas” y  “Unha noite na casa do tío Farruco do Penedo”.  El primero está dedicado al Excelentisimo Sr. D. José de los Ríos y Lamadrid, Obispo de Lugo, quien profesaba gran cariño al autor. Además de la introducción comprende los capítulos siguientes: Establecimiento de Escuelas, Enseñanza obligatoria; Supresión de las juntas locales; Creación de Subinspectores; Aumento de dotación a los maestros; Igual dotación a las maestras; Supresión de retribuciones; Vacaciones y Derechos pasivos. “Unha noite na casa do tío Farruco do Penedo”, es un cuadro de costumbres arrancado del natural, hermoso, verdaderamente notable, pues en él se describen de mano maestra conversaciones de los labriegos y el rosario que se rezaba en todas las aldeas, de noche y en familia, al calor de la lumbre.

Dejó un libro inédito, “O carlistas o no católicos”, que versa  sobre el Carlismo, movimiento sociopolítico que durante la mayor parte del siglo XIX, originó una continua y sangrienta Guerra Civil, que se extendió por todo el territorio peninsular. El origen fue, como muy bien explica el Sr. Guitián,  el conflicto sucesorio desatado tras la muerte de Fernando VII, entre los partidarios de su hija Isabel, heredera según la Pragmática Sanción que derogaba la Ley Sálica y los derechos al trono del hermano del monarca, Carlos María Isidro. De este libro, entresacamos una pequeña reseña, en la que Laureano Guitián Rubinos, hace un estudio descriptivo del Partido Carlista:

Nacido el Partido Carlista en el año 1833 con la muerte de Fernando VII, tubo que sostener una guerra civil con el Partido  Liberal representado en la hija mayor de este rey Dª Isabel de Borbón. El origen de esta guerra, así como del carlismo, dimanó de considerarse legitimo heredero del trono  el hermano de Fernando VII, D. Carlos María Isidro de Borbón, presentándosele como rival su sobrina Dª Isabel, hija mayor de aquel rey.

¿Cuál de los dos contendientes tenía razón? ¿A quién pertenecía de derecho la corona de España? Cuestión es esta sobre la que se ha escrito todo, ya en folletos, ya en periódicos, que parecerá redundante el ponerse a dilucidarla. No obstante como no a todos llegan esos folletos y esos periódicos, por más que parezca me separo un poco del objeto principal que me propuse, van a permitirme mis lectores, que, entresacando de unos y otros las razones fundamentales, presente algunas pruebas en apoyo del derecho que, única y exclusivamente, tenia D. Carlos María Isidro, de quien tomaron nombre los Carlistas.

En el año 1713, reinando en España Felipe V, estableció una ley de sucesión a la corona en virtud de la que no podían reinar las hembras, debiendo pasar la sucesión directa del trono a los varones menores y si no los tenía directos el monarca, debía pasar a sus colaterales. Esta ley llamada Sálica, no fue obra meramente del capricho o del interés, sino que su objeto fue evitar en adelante la ocasión de una guerra como la que su fundador había tenido que seguir contra Austria e Inglaterra; y dar además fuerza de derecho escrito a la antigua costumbre.

En efecto, que esta era la costumbre que de muy antiguo se venía observando en España, se prueba: Cuando en 1474 acaeció la muerte de Enrique IV, consultados los grandes de Castilla sobre si era D. Fernando el Católico o su esposa Dª  Isabel quien heredaba el trono, reunidos en Segovia, dieron por respuesta lo que nos refiere el  ilustre cronista P. Pedro Abarca, Jesuita, catedrático de Teología en la Universidad de Salamanca: “No se hallará ejemplo, dice, en que, habiendo príncipe de la varonía real de Castilla o León, haya heredado la hembra su corona …… pues aunque muchas veces sucedió o pareció suceder mujer en el reino, pero a la verdad mas para sus maridos o hijos que para sí, pues no ellas, sino ellos, gobernaron y mandaron …..” Y para deshacer la objeción que pudiese hacerse de que habían reinado hembras como Dª Berenguela, Dª. Urraca y otras, contestan: “Dª Berenguela por huir de los escollos, apenas murió su hermano D. Enrique el primero, cuando entregó el reino a su hijo D. Fernando el Santo; ni Dª Urraca le tubo jamás sino ya en el marido, ya en el hijo, que le tomó a su mano en vida de la madre”.

Las otras tres Reinas más antiguas, Dª Sancha, Adosinda y Ermesenda, tampoco gobernaron, sino sus maridos, D. Fernando el Magno, D. Silo y  D. Alonso el Católico:

“Aseguraban también los grandes de Castilla que el derecho de sucesión por vía de primogenitura no se podía por ejemplo, aplicar a las hembras y menos contra los principios legítimos de la sangre, porque estos eran todos ejemplares de aquella Corona; sino se añade el del Condado de Castilla, en el que faltó también la varonía, cuando sucedió a su infeliz hermano Dª Nuña, que tampoco gobernó, pues en vida de ella lo mandaron todo uno a solas, primero su marido D. Sancho el Mayor, Rey de Aragón y Navarra y después su hijo D. Fernando el Magno de León, como Señor absoluto de Castilla, sin dependencia del gobierno de la madre y aun sin la compañía de su persona”. Esto por lo que atañe a los Reinos de Asturias, Castilla y León.

Por lo que respecta al Reino de Aragón, solo ocurrió un hecho que en nada desvirtúa esta antigua costumbre.

Habiendo muerto D. Alonso el I en 1134 sin hijos ni parientes que estuvieran en el caso de ascender al Trono, fue colocado en él su hermano D. Ramiro el Monge quien mediante dispensa pontificia contrajo matrimonio con Dª Inés de Poitiers, a fin de dar a la corona un heredero. Nació luego de esta unión Dª Petronila, y deseando restituirse al claustro el augusto religioso, se apresuró a ajustar esponsales entre su hija y el Conde Soberano de Barcelona D. Ramón Berenguer, quien con título de príncipe de Aragón, fue, en virtud de la cesión solemne que en su favor otorgo Don Ramiro, verdadero monarca de este reino, uniendo a la Corona perpetuamente al dominio que por derecho propio gobernaba. Dª Petronila a la muerte de su marido en 1162 fue llamada a la regencia, pero a los diez meses renunció este cargo, colocando en el trono a su hijo D. Alfonso II, aunque solo contaba doce años, y antes había hecho testamento excluyendo de la sucesión a las hembras que pudiese haber de su enlace con D. Ramón.

Esto nos demuestra claramente que Felipe V no fue el primero en establecer la ley llamada Sálica y que al proclamarla como tal obró por interés o capricho, sino cediendo a la antigua costumbre y a la opinión de los antiguos grandes de Castilla que, en la antes citada contestación que dieron al Rey Fernando el Católico, sostenían que “el honor de la nación castellana, como tan militar, desdeñaría de que el reino, ganado y conservado a fuerza de espada y lanza, dependiese de la flaqueza de la rueca y aguja”.

Establecida, pues, como ley del reino la de sucesión o Sálica, siguió rigiendo y observándose fielmente desde Felipe V hasta la muerte de Fernando VII acaecida en Septiembre de 1833. Y no solo se observó sino que se ratificó, ya por el Tratado de Viena de 20 de Abril de 1725, ya por Carlos III al fundar en 1789 el mayorazgo infantazgo del Gran Priorato de S. Juan en su hijo Don Gabriel; mandando que si este moría sin sucesión masculina, heredase el vinculo el infante segundo varón del príncipe de Asturias, y que no teniendo varón este hijo segundo pase a otro infante y se dote a las hembras.

A esto se opone la objeción que presentan los partidarios de la sucesión femenina, afirmando que la ley de 1713 fue derogada por Carlos IV en las Cortes de 1789. Pero, además de otras razones con las cuales se deshace completamente la objeción, tenemos que, aunque en aquellas Cortes se hubiese intentado la reforma no llegó a consumarse. Y aunque esto sucediera como no se ha publicado no puede tener fuerza de obligar; según el principio de derecho de que la ley que no está suficientemente promulgada no obliga.

A lo que replican los adversarios que la ha promulgado posteriormente y con toda solemnidad el rey Fernando VII en su pragmática de 29 de Marzo de 1830. Replica, que se destruye por si sola y de nada vale para su intento. Pues a mas de que no se concibe que una ley de tanta trascendencia estuviese oculta por espacio de 41 años, tenemos como prueba de hecho de que no llegó a ser atada como tal en 1789, la siguiente.

Habiendo dado a luz Carlos IV en 1805 el Código titulado Novísima Recopilación en que mandó reunir las leyes del Reino que exigían observancia, se le propuso y se aprobó que el Reglamento de sucesión formado en las Cortes de 1713, fuese incluido como ley viva en dicho Código, donde es la 5ª del título 1 libro III correspondiente, haciendo caso omiso de lo intentado sobre el particular en 1789; acto positivo que sin genero alguno de duda, destruye cuantos argumentos pudieran fundarse sobre el contenido de la pragmática de 1830 y papeles publicados en 1833.

Y para mayor confirmación de esto es prueba de que el mismo Fernando VII estaba convencido y su conciencia le dicta que su hermano D. Carlos María Isidro era el legitimo heredero de la corona, tenemos el codicilo que otorgó en la Granja hallándose postrado por el accidente que acometió en Septiembre de 1832; codicilo por el cual derogaba la pragmática de 1830 y restablecía la ley de 1713, que llamaba para suceder en el Trono a su hermano D. Carlos.

Después de esto, a saber, en 31 de Diciembre de 1832, las cosas volvieron al estado en que se hallaban a fines de Marzo de 1830, en virtud de la revocación que de este codicilo hizo dicho rey Fernando. Si esta revocación fue o no espontanea y hecha con toda libertad, no he ser yo quien lo juzgue, ni quien penetre en el sagrario de la conciencia. Bastante se ha hablado entonces sobre eso, sin que yo vaya ahora a descubrir el velo que oculta ese misterio.

No pasaré sin embargo en silencio un documento notable ya por la gravedad de los asertos que en él se vierten, ya por la elevada dignidad de la persona en cuyo nombre se expidió.

Una Real Orden comunicada por el Conde de Toreno en 22 de Junio de 1835 exigiendo a Sr. Infante D. Sebastián Gabriel, que regresase a España (de donde hubiera salido en 1833) dentro de treinta días. A esta invitación contestaba por dicho Señor, su Secretario D. José Luis Tordera, desde Roma y con fecha 16 de Julio próximo siguiente, que dado el infante, “cediendo a sus naturales sentimientos de obediencia a las órdenes emanadas de la legítima soberanía, prestó juramento de fidelidad a la hija primogénita del rey Fernando VII, como heredera del Trono lo hizo persuadido de que el cambio en el orden de sucesión se fundaba en un derecho legitimo. “Desde aquella época (prosigue el oficio), el trastorno que se ha observado en la administración del reino, la resistencia de la nación española, que se ha manifestado en todas las provincias de la monarquía sobre todo un hecho de la mayor importancia, que ha llegado a noticia de S.A. R. después de la muerte del Monarca, y que se abstiene de revelar por ahora, han llamado la atención de S.A.R. y le han inducido a examinar muy seriamente este negocio”. Y en seguida “No ha necesitado mucho S.A.R. para convencerse de que, al prestar juramento a la hija primogénita del Rey, como heredera del Trono privaba a su tío el augusto Sr. D. Carlos de los derechos que le atribuía la ley de rigurosa agnación, sancionada por las Cortes y consignada en el nuevo libro de leyes por el Rey D. Carlos IV, a quien equivocadamente se supone autor de la revocación de la misma ley”. Los documentos de las Cortes de 1789, lejos de disipar las primeras dudas de S.A. R. le han conducido a comprender perfectamente lo que acabo de decir; y, sobre todo, ha visto con indignación y sorpresa que la pragmática de 1830 y boletines impresos de las Cortes, aunque pasan por copias comprobadas con los originales, presentan una diferencia real, precisamente en el único punto que requería la identidad más escrupulosa; y la criminalidad de esta diferencia se aumenta todavía por haber sido fraguada, según parece en aquella malhadada pragmática, por la mano que trató de imitar la letra cursiva.

Dejo a mis lectores que formen sobre esto los comentarios que se les ocurran, sin que yo añada una palabra más.

Creo, después de todo esto, que se puede afirmar sin temor de equivocarse que, al fallecer en 1833 el rey Fernando VII, era su hermano D. Carlos María Isidro la persona llamada por las leyes a sucederle en el Trono. Así lo confiesan hasta los mismos liberales. El Diputado D. Gabriel Rodríguez hablando en el Congreso sobre la cuestión de legitimidad dijo al Sr. Jove y Hevia (Sesión del 9 de Junio de 1871): “Debo decirle a S. S. que Doña Isabel II no ha tenido otra legitimidad que la que le dieron los que la defendieron en los campos de batalla contra las huestes carlistas, y que entre Dª Isabel y D. Carlos, en cuestión de legitimidad, creo que la ventaja es de este ultimo”.

Sin embargo de las razones y derechos que a dicho infante asistían, fue jurada su sobrina Dª Isabel como próxima heredera de la Corona en 20 de Junio de 1830; tres meses antes de morir el Rey Fernando.

Invitado D. Carlos para que concurriese a aquel acto, contestó con la siguiente protesta: “Señor: Yo, Carlos María Isidro de Borbón y Borbón, infante de España, hallándome bien convencido de los legítimos derechos que me asisten a la Corona de España, siempre que, sobreviviendo a V. M., no deje un hijo varón, digo: Que ni mi conciencia ni mi honor me permiten jurar ni reconocer otros derechos. Palacio de Ramallon, 29 de abril de 1830. – Señor. – A los R. P. de V. M. – Su más amante hermano y fiel vasallo.- M. el Infante D. Carlos”.

Y en carta autógrafa de la misma fecha decía D. Carlos, entre otras cosas, a S. M.: “Tengo unos derechos tan legítimos a la Corona, siempre que se sobreviva y no dejes hijo varón, que no puedo prescindir de ellos: derechos que Dios me ha dado cuando fue su voluntad que yo naciese; y que solo Dios me los puede quitar concediéndote un hijo varón … Además, en ello defiendo la justicia del derecho que tienen los llamados después que yo y así me veo en la precisión de enviarte la adjunta declaración, que hago con toda formalidad a ti y a todos los soberanos, a quienes espero se la harás comunicar”.

Muerto Fernando VII, el Partido Carlista emprendió la Guerra Civil, resuelto a recuperar con las armas el derecho que en justicia se le negaba. Robustecido con un poderoso ejército que voluntariamente acudía a incorporársele, y estando aun indecisa la victoria, vino sobre él un día aciago, que hizo se resolviera aquella a favor del Partido Liberal.

Rendido (y no vencido como falsamente quieren suponer algunos) por la infame traición de un General, cesó a los seis años la lucha, sino en todo, en gran parte al menos mediante el famoso Convenio de Vergara, celebrado el 31 de Agosto de 1839.

Reina, de hecho Dª Isabel 2ª, su tío D. Carlos María Isidro, primer jefe del carlismo, tuvo que retirarse a Francia, y en la emigración llorar los males que iban a sobrevenir a nuestra patria.

Sin renunciar jamás el derecho que le asistía, lo transmitió así integro a su primogénito D. Carlos Luis Mª. de Borbón y de Braganza, según formal abdicación que a su favor hizo en Bourges a 18 de Mayo de 1845, dándose a conocer en seguida este príncipe a los Españoles con el título de Conde de Montemolín.

Habiendo fallecido este sin sucesión alguna, heredó naturalmente el Trono español, su hermano segundo D. Juan Carlos de Borbón y de Braganza, casado con María Beatriz de Esla, Archiduquesa de Austria, hija de Francisco IV, Duque de Módena. Mas como este Príncipe, movido por las circunstancias, haya abdicado a su vez en su primogénito D. Carlos María de Borbón y de Esla (echa la abdicación en Paris, a 3 de Octubre de 1868); resulta que este es hoy la persona a quien por derecho legitimo y hereditario corresponde la corona de España; y por consiguiente el Jefe actual del partido carlista……..

Fuente: “O carlistas o no católicos”, Laureano Guitián
Rubinos, 1871. Libro propiedad de D. Mariano Martín García.

Antonio Vidal Neira, Madrid, 26/07/2018

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2 pensamientos en ““EL CARLISMO”, POR LAUREANO GUITIÁN RUBINOS

  1. Lo curas se metieron y aun se meten demasiado en política (miremos los catalanes). Es lo que me parece, Antonio. Gracias. Pero es la historia. Tú no quitas ni pones.

    El 26 de julio de 2018, 19:44, Historia de deza escribió:

    > Antonio Vidal posted: ” LAUREANO GUITIÁN RUBINOS, dejó inédito un > documentado trabajo en prosa, firmado con el seudónimo “Un sacristán de > aldea“, titulado “O carlistas o no católicos”, escrito en el año 1871. El > autor fue sacerdote y párroco de Donramiro (Lalin) y un distin” >

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